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Excerpt for Cortinas En La Radio 2 by , available in its entirety at Smashwords



Una cortina busca que no veas, pero no te impide invadir.


Poner cortinas puede ser una forma de coqueteo, o de histeria, o producto de alguna fobia o paranoia o miedo. Si no me ves no te tiento, no llamo tu atención, salvo que te guste mirar donde alguien no quiere que mires. Salvo que te guste hurgar en los intersticios o descubrir a quienes se camuflan en el paisaje.”


Cortinas en la radio fue un programa de podcasting que se emitió desde mediados de 2012 hasta fines de 2016 desde las plataformas de Spreaker e Ivoox. El ciclo fue producido, realizado y conducido por Maximiliano Rivera. Este libro es una compilación de muchos textos que fueron escritos especialmente para esas emisiones. Esta segunda y definitiva edición abarca desde la mitad de la segunda temporada en el año 2013 hasta la finalización del ciclo en diciembre de 2016. Los textos fueron corregidos y adaptados a un formato literario para hacer más disfrutable su lectura.
































MAXIMILIANO RIVERA


CORTINAS EN LA RADIO 2




Published by Maximiliano Rivera at Smashwords


Copyright 2018 Maximiliano Rivera


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CONTENIDOS



Cortinas en la radio

¿Y ahora qué?

Lluvia

La modernidad

Día de la amistad

Las obligaciones

Spiritual

No está bueno

El optimismo

Julio Cortázar

Un poquito de amor

Batería baja

Llenar el vacío

Vestigios

Unir pero dividir

Cosas que pasan

La muerte

¿Hacia dónde?

Todavía no encontré lo que busco

Mi maravillosa recompensa

Desmitificar

Mars one

Sábados a la noche

Hay sol

La paradoja de elegir

Cansado de escuchar

Nada más que decir

Final de la segunda temporada

Muchedumbres

Música para pastillas

Paradojas

Hablando sobre una revolución

Los inteligentes

Los argentinos

Había una vez

De chico pensaba

Lago de forma mía

Cumplir cuarenta años

Indio Solari y los redonditos de ricota

Yo vi llegar el 2000

Nebraska

Todo lo que no queremos hacer

Dejamelo pensar

El fútbol

Pantallas

La estupidez

Nietzche

Espacios vacíos

Cielo vacío

Viajar

El insomnio

One hit wonder

El éxito

Programa 100

Perdedores

Amar los discos

Promesas

Fotografías

El comienzo

Caer

No regreses de la luna

Medianías

El perro entre los hombres

Las consecuencias

Silencio a las tres

Escrito en una libreta

La limitación

Dando vueltas

Antijuegos

Charly García

Oscuridad

Congestión

Androide paranoico

Crónica de una insatisfacción

Tres años de cortinas

Nada que te pueda interesar

No tengo vida

Otras épocas

Días de insatisfacción

Lento

Lo que hicieron de nosotros

La maldición china

Cuestión generacional

La música no puede cambiar tu vida

Heidegger y la existencia inauténtica

Anonimato

Demasiado largo para ser bueno

Todavía no

El auge de las bandas tributo

El streaming musical

Raymond Carver

La era pos verdad

La gran fiesta

Cero entusiasmo

Yo no sé qué me han hecho tus ojos

Fucking Navidad

Predecir el futuro














CORTINAS EN LA RADIO



Cortinas en la radio. El ciclo se llama así. Hay gente que piensa que es un programa en el que se exhiben una colección de cortinas musicales que con frecuencia se usan en las radios. Pero bueno, cuando digo Cortinas en la radio, ¿qué suponés? ¿Te imaginás a un tipo hablándole a un micrófono dentro de un estudio rodeado de cortinas de tela? Y si hay un cortinado… ¿de qué color sería? (Lo imagino un tanto rojizo, pero no un rojo furioso, sino algo mezclado con un poco de amarillo, un rojo mezclado con sol). ¿De qué color te lo imaginás? ¿De qué color te lo imaginaste antes de esto?

Y es como que el tipo está ahí, rodeado de cortinas que le impiden tener contacto visual con el operador. La iluminación corre por cuenta de una lámpara de cuarenta vatios contenida dentro de un velador de mesa. Nada más. Y papeles, muchos papeles, y una pila de libros, y mucho calor. ¿Y por qué las cortinas? ¿Qué significado tiene eso? Supongo que cuando las ponemos es para que no te miren desde afuera, y también para poder abrirlas y que corra aire, aire a través de las cortinas, esas que cuando corre el viento bailan y por momentos parecen mujeres embarazadas meciéndose en un columpio invisible. Cuando ponemos una cortina ponemos un límite, le decimos al otro “hasta acá podés mirar, después ya es cosa mía”. A veces las ponemos negras para vivir en una noche continua, o color maíz, o verde manzana con dibujos, o estampadas con flores u hojas de algún árbol o lo que sea. O las ponemos blancas para que además de aire entre luz, mucha luz. Cuando ponemos cortinas vemos en el ojo del que está afuera una amenaza a nuestra intimidad, pero son un límite frágil, un límite que se puede romper con tan sólo tomar la tela y correrla.


Hay cortinas de plástico, de agua, y hasta cortinas improvisadas con arpillera. Hay visillos y cortinas de humo, cortinas de aire y muros-cortinas. También cortinas de hierro, cortinas de baño, cortinas anti hongos, cortinas de fuego. A veces se desenrollan desde arriba y otras se pliegan a los costados.


Una cortina busca que no veas, pero no te impide invadir.


Poner cortinas puede ser una forma de coqueteo, o de histeria, o producto de alguna fobia o paranoia o miedo. Si no me ves no te tiento, no llamo tu atención, salvo que te guste mirar donde alguien no quiere que mires. Salvo que te guste hurgar en los intersticios o descubrir a quienes se camuflan en el paisaje.


Hay cortinas que embellecen y otras que afean la casa. Hay algunas que renuevan y otras que la vuelven más antigua. Hay de todo tipo, son parte de la vida, de la civilización en sí. Pero ¿cómo es eso mismo aplicado a un programa de radio que tampoco lo es? Porque esto no está en directo, es la grabación de algo que ya ocurrió hace un tiempo y que puede que en este momento no me represente. ¿Cómo es? Los programas tienen cortinas musicales, cortinas que están ahí de fondo mientras alguien te habla. Como para que no escuches el vacío. El sonido del vacío. Un sonido que preocupa y da miedo porque no es nada más que silencio, un abismo infinito, una nube que bajó a la tierra como un plato volador.


Escuchá el vacío…


¿Viste? Da miedo. Y claro, entre el vacío y vos hay alguien que habla. Alguien que habla y deja huecos en el medio, para que escuches, para que entiendas que no hay cortinas que te impidan ver nada. Porque en sí no hay nada. Lo que no te sé decir es si este vacío que hay a mis espaldas es oscuro, tampoco sé si el vacío y la oscuridad son lo mismo. Las cortinas con las que me rodeo son imaginarias, no tienen bordados ni estampados. Las cortinas que imagino rojizas no tienen color ni pueden palparse. Las cortinas en la radio son apenas un juego como los que juegan los chicos cuando inventan superhéroes.


Cortinas en la radio. ¿Qué te imaginabas? ¿Qué creías? ¿Qué seguirás creyendo? ¿Qué seguirás pensando? ¿Qué seguirás escuchando a partir de ahora? Cortinas en la radio, o en todo caso, otro desesperado intento de llenar el vacío con palabras.






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¿Y AHORA QUÉ?



Cada vez que termino de grabar un programa me hago la misma pregunta: ¿y ahora qué? ¿De qué te voy a hablar la próxima semana? ¿Encontraré algo lo bastante interesante como para que salga una buena emisión? ¿Por dónde empiezo? ¿Llegaré a tiempo? A veces me meto en lugares inhóspitos y extraños, lugares que de afuera se ven prometedores pero que después se quedan en el intento. Incluso me digo que listo, ya está, hasta acá llegamos, no debe haber más nada, mala suerte. Pero no, algo cruza mi cabeza como un rayo, se activa el mecanismo y ahí estamos de nuevo en camino. A veces es mucho menos de lo que aparenta pero algo ayuda, por lo menos para empezar.

A todos los que andamos en esto nos pasan estas cosas. No es como ir a comprar cigarrillos al kiosco, es decir, necesitás algo y sabés muy bien dónde conseguirlo. Pero esto es más bien como buscar una ferretería abierta los domingos a la tarde, o encontrar una farmacia de turno que quede cerca de tu casa cuando la necesitás en la madrugada. Puede que encuentres lo que buscás, o que encuentres algo parecido, o que no encuentres nada de eso. Y a su vez es bastante choto depender de que aparezca algo. Podés hacer algún tipo de invocación, o apostar a una cábala, o revisar tu biblioteca de punta a punta buscando algún indicio en los libros, lo que sea, pero nada te garantiza un buen resultado.

No sé pero cuando a la semana termino de grabar el programa estoy fluctuando entre la satisfacción y la nueva incertidumbre por venir, y como bien sabemos, la satisfacción dura demasiado poco. Y si ponemos a la satisfacción y a la incertidumbre en una balanza vamos a comprobar que una pesa lo mismo que un caramelo y la otra lo mismo que un elefante. Cuesta entender por qué es así, pero lo cierto es que es así. Es más excitante viajar que llegar al puerto, uno es más entusiasta cuando empieza algo nuevo que cuando lo termina. A veces, como dice la canción de Los Redonditos de Ricota, vamos como un ciego en la bodega al toc, toc, toc. Y en el fondo sé muy bien que podría evitarme estos momentos de incertidumbre, podría dejar de hacer este programa y preocuparme por cosas que nos preocupan a todos y que tienen una resolución más práctica: qué voy cenar esta noche, de qué color puedo pintar la pared del living o ver si se secaron los calzoncillos que lavé esta mañana. Es decir, preocuparme por eso y no por lo otro; de qué te voy a hablar, cómo lo voy a encarar, cómo voy a hacer para no parecer uno de esos tantos idiotas que a través de un auricular o a través de un parlante susurran en tu oído. Pero uno no puede negar lo que es. Así como hay personas que se preguntan cuál será el próximo bar o el próximo prostíbulo por conocer, otros nos preguntamos de qué te vamos a hablar mañana. Como si para vos fuera necesario escuchar lo que digo habiendo tantas bocas que hablan mejor sin decir nada.






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LLUVIA



Lluvia. Cortina de agua a setenta y cinco grados. Gotas con forma de guión ortográfico inclinadas por el viento. Al fondo una luz de lámpara de ahorro. Luz blanca en una calle donde llueve y las nubes tienen forma de pared descascarada. Enfrente un edificio. Pared gris, pared de presidio, pared de cemento sin pintar, pared antigua. Gris, gris, gris. Feo como este día en el cual llueve agua que se juntó en el cielo de algún lado. Hay biombos invisibles a la vista pero no a la imaginación. También hay personas esperando. Algunas bajo un alero, otras bajo un paraguas grande, de esos que se volvieron a usar porque cae mucha agua y no sólo se mojan los pies sino que el agua choca contra el piso y salpica las rodillas. Paraguas grandes como aspas de molino, paraguas incómodos pero eficientes, sobre todo cuando llueve de la manera en que llueve, paraguas grandes desplazando a los chiquitos, los de bolsillo, los que hicieron furor por su practicidad pero ahora apenas sirven para que no te mojes la cabeza.

Vaya uno a saber qué esperan aunque eso no sea lo importante, sino los biombos invisibles que colocan en la calle, ahí, entre el asfalto y las paredes sin pintar, paredes que entristecen porque parecen presidios cuando llueve.

Y el agua se acumula ante una bocacalle saciada, y avanza dando miedo aunque sólo sea un gran charco o un apocalipsis tamaño hormiga. Los autos ya casi ni pasan, aunque parezca que hayan dejado de pasar para siempre. Y el presidio que no es presidio pero que a la vez lo parece, está ahí, sólo porque las paredes son grises y se erigen como los restos de un pasado oscuro.

Además llueve y se reflejan las luces amarillas de la calle. Y el presidio se siente como una mujer con la cual nadie quiere bailar. Una mujer a la cual le gustaría tener sandalias rojas y los pies mojados. Una mujer deseando ser perseguida por hombres con paraguas que de tan grandes parecen románticos porque debajo hay lugar para dos personas.






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LA MODERNIDAD



"La soledad es la ecuación de la vida moderna"


La vida moderna-Joaquín Sabina y Fito Páez


Marx decía que ser modernos forma parte de un universo en el que todo lo sólido se desvanece en el aire. Para Baudelaire, moderna era la persona que hace de su vida una verdadera obra de arte. Augusto Monterroso escribió que la modernidad es ese espejismo de dos caras que sólo se hace realidad cuando ha quedado atrás y siendo antiguo permanece.

Y está buena esa idea: la modernidad no es algo sólido, algo que puedas tocar por completo. Es una sensación, algo que sentís cuando te movés. Incluso podríamos decir que si te sentís bien con el mundo, te sentís moderno. Y hasta se me ocurre un slogan: somos actuales, somos modernos.

¿Y de qué manera somos modernos? ¿Cómo pensaba Baudelaire, es decir, haciendo de nuestra vida una obra de arte? ¿O como pensaba Marx, siendo parte de un universo en lo que lo sólido se desvanece en el aire? ¿Ser moderno es estar al día? ¿Nos llena? ¿Qué nos pasa hoy con la modernidad? ¿Cómo es la vida dentro de ella?

En la vida moderna usamos pantallas solares en vez de bronceadores. Si tenemos auto nos agarra pánico cada vez que el servicio meteorológico anuncia probabilidad de granizo. Nos acostumbramos a que llueva mucho en poco tiempo y a que se inunden las calles. No sabemos de dónde tomar agua a no ser que salga de una botella que tenga una etiqueta que nos informe que está mineralizada o al menos potabilizada. Nos preocupa la inseguridad y suponemos que poner cámaras por todos lados nos protegerá de los peligros, incluso de la muerte.

Somos modernos y entendemos que cada vez hace más calor y que hay menos lluvias románticas, de esas que llueven despacio y nos invitan a caminar debajo para mojarnos el pelo. Ya no usamos pañuelos de tela porque no tenemos tiempo ni estómago para lavarlos. Somos cultores de lo descartable a morir. Nos sentimos desnudos si nos olvidamos el celular en casa, o si lo perdemos, o si se nos queda sin batería. Es más, las baterías duran tan poco que además del teléfono, también tenemos que salir con el cargador encima. No soportamos por nada del mundo que una computadora tarde más de lo debido. Compramos lo que nos venden aún sabiendo que lo que estamos comprando no es lo que parece. Sacamos los trapitos al sol de Facebook y les vendemos a los demás que tenemos una vida grandiosa. Exponemos nuestros vicios, nuestras ideas y nos prestamos a ciertos ritos autodestructivos. Somos fans de las marcas, leemos biografías y tenemos un listado de claves personales. Tenemos casilla de mail, subimos videos a You Tube y seguimos a los famosos en Twitter.

No nos gusta la prosa complicada y queremos que nos hablen sin códigos ni metáforas, que nos digan las cosas de un modo simple y directo. Somos la frase "queremos el mundo y lo queremos ahora" hecha carne. No nos gustan los huecos ni el vacío. Entendemos que todo espacio debe ser llenado. Que el amor duele pero que tampoco es para tanto. Si nos enamoramos bien, y si no viviremos queriendo demasiado.

Somos morbosos, tenemos una moral adaptable y una ética que se vende a buen precio. Somos modernos porque entendemos la importancia del dinero, porque adoramos consumir (más allá de que nos etiqueten como materialistas) y porque además asumimos que nada de lo que compremos será nuestro para siempre. Somos modernos porque no tenemos tiempo para nada, porque entendemos que a la larga el capitalismo siempre gana y que de algún que otra manera se sale con la suya. Entonces nos relajamos, consumimos y gozamos.

Eso sí, por momentos dejamos de ser modernos y entendemos que no somos tan buenos como creíamos que éramos cuando no teníamos la posibilidad de hacer lo que anhelábamos hacer. De a poco empezamos a tenerle miedo al planeta y sabemos que en cualquier momento nos puede tocar eso que vemos en las películas. Pero dura sólo un rato, por lo general cuando estamos hartos y nos tomamos un descanso de ese espejismo llamado modernidad.

La soledad es la ecuación de la vida moderna. Y sí, en la modernidad también hay espacio para sentirnos solos, y esa soledad duele porque no podemos entender el hecho de sentirnos solos dentro de una vida tan llena de artefactos, edificios y personas.



"Retorna a lo antiguo y serás moderno"


Giuseppe Verdi



Ser moderno es estar al día, es prepararte para lo que viene, es tener personalidad y buen vestuario. Es estar abierto al cambio y a las críticas de los que no son o no quieren ser modernos. Es aceptar la propia individualidad, hacer terapia y actualizar los aparatos electrónicos. Es ser parte de la vanguardia, viajar por el mundo globalizado, tatuarse, ponerse un piercing y usar esos raros peinados nuevos. Es salir a correr, es cuidarse, comprar el libro del gurú de moda, separar la basura y cuidar el medio ambiente. Tomar activia todas las mañanas, freezar alimentos y comer frutas y verduras. Pero ser moderno a veces cansa. Porque para ser moderno hay que estar atento siempre. Y además hay que estar en movimiento constante.

El término "moderno" de alguna manera expresa la ruptura con las épocas anteriores. Y eso es algo biológicamente necesario: romper con lo que nos ata para ir en busca de otras cosas. Somos modernos cuando prendemos la tele y conectamos con lo que pasa, cuando compramos lo que sale y estamos al tanto de lo que se habla. Cuando usamos "lo que se usa" y escuchamos "lo que se escucha". Somos modernos al sumergirnos en las tendencias, al entender que esto que es hoy mañana será algo que ya fue.

Somos modernos si somos individualistas, egoístas harto sensibles, sibaritas, solidarios, ambientalistas de cuarta, militantes apolíticos, revolucionarios 2.0. Somos modernos si usamos pantallas táctiles y all in one. Si miramos HD o 3D. Si tenemos un Ipad o un ebook reader. Si compramos algún semanario de actualidad o si nos rehusamos a consumir y alimentar al monstruo capitalista.

Somos modernos cuando nos miramos en fotos en las que vestíamos a la moda, cuando nos sacamos fotos sepia con la cámara digital, o cuando nos metemos de todo y nos cagamos en la muerte. También cuando nos lavamos las manos antes y después de todo. Cuando llevamos el pomito de alcohol en gel en el bolsillo o cuando desinfectamos la casa con Lisoform.

Somos modernos cuando apuntamos a llevar una vida como la de las telecomedias de Adrián Suar o cuando no soportamos hacer fila y tener que esperar. Cuando estar detenidos treinta segundos en un semáforo nos parece demasiado.

Somos modernos cuando somos irónicos, cínicos y simpáticos. Cuando nos filmamos cogiendo, cuando desayunamos con cereales o tomamos café descafeinado. Somos modernos cuando anhelamos acceder a un abono premium o a una tarjeta platinum, cuando usamos cajeros automáticos y pagamos las cuentas por internet.

Ser moderno es vivir en donde están las luces del centro, en donde parece que todo ocurre; una ciudad conglomerada que no nos deja espacio para correr porque tenemos que andar a los codazos.

"Soy moderno, no fumo", cantaba Federico Moura en la Argentina de la democracia recién llegada. Mientras tanto afuera todos fumaban como locos: los padres, los hijos y los abuelos. Fumaban las embarazadas, se fumaba en lugares cerrados y delante de los chicos. Fumaban en la tele y en las películas. Fumaban porque era cool, y porque ser cool es ser moderno. Pero hoy se prohíbe fumar en ambientes cerrados porque ser moderno es no fumar donde no se puede fumar. Hoy, ser moderno es fumar en la calle. Si fumás en un ambiente cerrado, sos más bien un transgresor.

En la modernidad del siglo XXI las cosas cambian antes de que nos acostumbremos a ellas. Todo va rápido y nosotros empezamos a hacer eso también. Como en esas películas en donde hablan tan rápido que no llegamos a leer los subtítulos. Cuarenta cámaras, cuarenta planos distintos, cuarenta variantes, todo el tiempo. Click, click, click.


En estos tiempos modernos yo clickeo y tú clickeas. Hacemos copy and paste. Linkeamos. Decimos. Compartimos. La modernidad es tan veloz que nos hace sentir que en cualquier momento podemos quedar afuera de ella. Es tan atractiva que nos hace sentir efímeros e idiotas. Vivimos a tanta velocidad que la percepción que tenemos del amor es muy distinta a la de la época de Shakespeare. Incluso me pregunto si el hombre moderno, hoy en día, podría tolerar sentarse a leer Rayuela de Cortázar o el Ulises de Joyce.

La modernidad es volátil y si te llegás a quedar sin ingresos te da una buena patada en el culo. Algunos le llaman "ser expulsados del sistema", cuando lo que en realidad están haciendo es expulsarte de la modernidad. Porque es como esa putita de la canción de Babasónicos: sos tan espectacular que no podés ser mía nada más. Por momentos es una mujer demasiado hermosa y otras una rubia tarada, bronceada, aburrida. A veces sus novedades no nos llenan, no nos provocan nada y nos sentimos defraudados. Y si somos un poco autocríticos, entendemos que cometimos la pelotudez de volver a caer en la trampa.

La modernidad es bolsitas de shoppings, es smart phone, smart Tv, es banda ancha, es wi-fi, es diseño, es viagra, es energizantes mezclados con alcohol, es jarra loca, es drogas sintéticas, rivotril, estrés, ataques de pánico y ACV. Están los cultores de lo insano versus los que aman lo natural. Los que compran y fuman, pero también los que cultivan para fumar.

Ser moderno es decir que lo pasado es retro. Es esperar con ansias eso que tanto querías vivir... y cuando llega lo vivís, y después te queda un recuerdo y entendés que el suceso del momento, ese del que todos hablan, ya pasó, dejo de ser moderno, para pasar a ser un recuerdo.

Y cada vez que te lastima volvés a lo natural y entendés que la modernidad es algo que inventamos y que todavía no sabemos bien para qué sirve.






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DÍA DE LA AMISTAD



Cada vez que llega el día del amigo pienso en algo que leí en un libro llamado Héroes, escrito por el español Ray Loriga:

Antes tenía amigos, me refiero a mucho antes, cuando era un niño. Ahora no sabría decir si eran los mejores amigos del mundo pero estaban siempre alrededor. La primera gran pérdida de la vida adulta son los amigos. Puede que consigas un amigo con quien hablar, pero no vuelves a dar con uno que se deje abrazar. El periodo de tiempo que transcurre entre que pierdes los abrazos de tus amigos y encuentras los abrazos de las mujeres puede alargarse tanto que a veces parece eterno.”


Nunca me voy a cansar de repetir esa frase, incluso aunque en ciertas etapas de mi vida carezca de sentido: la primera gran pérdida de la vida adulta son los amigos. Es algo que se ha pegado a mi piel y me ha acompañado desde mi adolescencia.


Siempre.


Lo loco es que cuando la leí me sentía muy solo, aún teniendo amigos. Porque hay un tema con eso de las amistades cuando se pasa de la adolescencia a la vida adulta: hay que salir a buscar laburo para empezar a encaminar la vida, van cambiando las preferencias y los gustos, aparece el amor de un modo más comprometido... Y ahí es cuando tiene sentido lo escrito por Loriga, que es cuando se pasa de estar todos los días con un montón de gente de tu misma edad, a un lugar en donde hay gente de todas las edades, con preferencias distintas y en movidas distintas. Entrás a un mundo nuevo; y de ser el más grande de los pibes de la secundaria pasás a ser el más pendejo e inexperto en un lugar en el que puede que te reciban bien o se rían de vos y te tomen el pelo. Y uno pasa a saludarse con gente que con el tiempo se vuelve conocida, sí, pero la confianza no es tanta como para andar a los abrazos. Es una etapa de transición con altibajos emocionales importantes.

Pero lo bueno es que hoy ya no me pasa eso, no siento que los amigos hayan sido una pérdida de la vida adulta. Los tengo a todos acurrucaditos en mi muro de Facebook y puedo saber qué es de sus vidas, conversar y hasta planear algún encuentro cuando el tiempo lo disponga. Aún hoy, cuando a pesar de todo sigo haciendo nuevos amigos. Y como te dije antes, en la vida adulta los amigos ya no tienen las tardes libres para salir a hacer correrías o jugar al fútbol. En la vida adulta la característica de las amistades muchas veces es encontrarse o llamarse de vez en cuando, hacer un favor si hace falta, o prestar los oídos para los problemas. Se pierde el roce cotidiano y la amistad se convierte en otra cosa, algo que muchas veces ayuda a preservarla en el tiempo.

Incluso pasa que cuesta mucho coincidir para encontrarse a tomar algo y conversar un poco, y luego uno la pasa tan bien que dice cosas del estilo "Che, tenemos que hacer esto más seguido". Y entonces todos asienten con la cabeza y le dan la razón al que tiró la idea. Pero lo cierto es que ninguno sabe a ciencia cierta cuándo volverá a ocurrir, y si en verdad ocurre puede que no tenga el encanto de la vez en la que todos decidieron que ese tipo de cosas habría que hacerlas más seguido y ahí estamos, dándonos cuenta de lo costoso que es sostener una amistad a través del tiempo.


"La amistad es como la mayonesa: cuesta un huevo y hay que procurar que no se corte".


Woody Allen


Alguien me dijo alguna vez que hay amigos actuales y amigos históricos, amigos que fueron importantes en algún momento de nuestra vida pero que hoy cumplen un rol más pasivo. Están ahí, tienen su prestigio ganado y tal vez en algún momento se vuelva a conectar con ellos. Pero hoy en día eso no ocurre y no tiene por qué molestar. Y después están los actuales, los que comparten cosas con uno todos los días o al menos bastante seguido y que por ahí son aquellos con los que te juntarás a celebrar.

Además gracias a la tecnología tenemos nuevas maneras de poder saludar a esos amigos que de otra manera uno no tendría posibilidad de saludar, esos que se encuentran en puntos lejanos del país y del planeta. Incluso amigos con los que uno jamás ha llegado a verse. Virtuales, creo que le dicen. Catarata de Twitteos, mensajes en los muros de Facebook, tráfico infernal de postales virtuales, mensajes de texto, llamadas telefónicas, Whatsapp y demás maneras de comunicarse.

Así y todo, creo que lo importante es tener amigos de carne y hueso con los que poder encontrarse y celebrar. Y si no es hoy, mañana o pasado, o cuando se pueda, pero celebrar al fin. Amigos palpables con sus virtudes y defectos.

Ahora, si hay algo que en absoluto nunca vi ni en mi infancia ni en mi adolescencia fue el hecho de que la celebración del día del amigo sea algo tan institucionalizado como lo es hoy. Y lo es de tal manera que medio te sentís mal sino te juntás a celebrarlo. Y ni que hablar cuando al otro día abrís el Facebook y ves a un montón de personas subiendo fotos de cómo la pasaron. Y encima la tele, la radio, las promociones... ¿Dónde vas a celebrar el día del amigo? Ahora... ¿Cuántos amigos o amigas tenés? ¿Son amigos bien o un rejunte de personas que conocés? ¿Son amistades verdaderas o "es lo que hay"? ¿Qué es un amigo?

Sí, está bien, no me vengan con todas esas tarjetitas de mierda en donde dice que un amigo es un rayo de luz en la oscuridad ni nada de eso. Tampoco me salgan con algo de Narosky y menos que menos con la canción de los Enanitos Verdes. A ver, explíquenme, ¿qué es un amigo? ¿A quién puedo considerar mi amigo?

Pareciera que hay un momento de la vida que es exclusivo para hacer amigos. Podríamos decir que va desde que tenemos conciencia hasta más o menos los veinte años. Momentos en que compartís cosas todos los días debido a que no tenés compromisos laborales ni responsabilidades importantes, es decir, cuando tenés tiempo para tener amigos. Porque después cada uno debe tomar un camino (más allá de que algunos lo sigan haciendo juntos), le conoce la cara a Dios, forma una familia y construye una casa.

Entonces la amistad deja de ser cosa de todos los días. Tampoco pareciera que necesites que así sea. Es como en las parejas, las amistades tienen un momento de esos en los que andás culo y calzón, cercanía, cosas buenas, ciertos roces, pasa el tiempo, queda un lazo irrompible y también los recuerdos de los buenos momentos que por siempre te unirán a esa persona, más allá de las idas y venidas que puedan tener. No digo que de grande no puedas hacer amigos, ¡obvio que se puede! Pasa que es otra cosa, porque uno anda con sus mambos también. Hay que cuidar de lo que se ha construido y pelearle al viento todos los días. Las amistades que hacemos de adultos son de otro tipo. Son amistades a las que por ahí les falta el roce del potrero, los quilombos en la escuela, la joda todos los fines de semana... Por ahí son más curtidas en borracheras y en "¿qué cagada te mandaste? Tapemos el agujero, yo te ayudo".


¿En qué amigos estás pensando hoy?


Porque hay amistades que se pierden, se las lleva el río, el mismo río que después trae otras. Amigos son los del Facebook che, podríamos decir. Los amiguitos electrónicos que están ahí cada día para leer y comentar las pelotudeces que ponés en el muro. No los tenés al lado como para tomar una cerveza, pero están ahí como buenos puercoespines, diría Schopenhauer.

Pienso en los grupos de amigos que hay en los textos de Sacheri. En quilombos de chicos, en quilombos de grandes. En la barra de amigos de la esquina. En el programa Amigos son los amigos, con Carlos Andrés Calvo y Pablo Rago. En los amigos que crecían juntos en la película Los muchachos de mi barrio de Enrique Carreras, con Palito Ortega y los inolvidables Javier Portales y Juan Carlos Altavista. O la eterna amistad de José Olaya con Julius Lazlo en Vientos de agua. Esas imágenes de la amistad que nos venden pero que a su vez nos angustian porque nos hubiera gustado vivirlas. Y además los códigos: novia del amigo no se mira ni se toca, ex novia tampoco, defenderlo ante los demás aunque no tenga razón, mentir para cubrirlo porque sino la mujer lo mata, cagarlo a pedos si es necesario, darle esos cachetazos que a veces nos tiene que dar él cuando andamos desorientados y no podemos reaccionar. En fin, amigos...

Tengo que confesarlo: no soy un buen amigo. Y me refiero a ser ese típico amigo de fierro, esa clase de amigos que es capaz de emborracharse con vos aún sabiendo que cuando llegue a casa va a tener problemas. Bueno, por algo nunca me he procurado amigos problemáticos. He llevado a cabo un interesante criterio de selección. No me gusta meterme en cierta clase de líos. Claro, así cualquiera, ¿no? Amigos somos todos. Aunque para ser un amigo como los de las películas hay que tener pelotas.

Pero bueno, como sea, tengo amigos. Con algunos tengo contacto permanente, con otros muy poco y hay otros de los cuales no tengo noticias hace rato. La adolescencia es la etapa que mas amigos me ha brindado. Amigos y amigas... Sí, amigas también tengo, soy de los que creen en la amistad entre en el hombre y la mujer, aunque algunos lo consideren peligroso.

Y ahora, ya de adulto, la música y la rutina laboral me han brindado nuevos amigos. Y más allá de las amistades, me gusta mucho conocer gente valiosa, admirar sus virtudes y no perder contacto con ellas.

Quisiera ser mejor amigo de lo que soy. Pero como dije antes, para ser esa clase de amigo hay que tener pelotas y brindarse. Y para ser sincero, personas así hay muy pocas.

Pero bueno, para los excelentes, los buenos, los más o menos. Para los egoístas, los individualistas, los garcas esos a los que más allá de todo uno no puede dejar de querer, los que te dejan pagando, los que te dicen que sí pero después te dicen que no, los que amagan y se quedan en eso. Para los que han compartido conmigo buenos y malos momentos, los que se bancaron mi estupidez y mis delirios Morrisonianos, los que alguna vez llamaron para decir "¿cómo estás? Tanto tiempo sin noticias tuyas", los que nunca faltan cuando tocamos con la banda, los que me siguen leyendo, los que no leen lo que escribo ni escuchan este programa pero igual me quieren...

A todos ellos quiero decirles gracias por todo, feliz día del amigo y la puta madre.






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LAS OBLIGACIONES



La mañana suele cagarte a trompadas, sobre todo en invierno. Y más que nada cuando tenés que salir de la cama para cumplir con una obligación o algo parecido. Pero lo que en realidad molesta es el hecho de tener que, expresión que puede interpretarse y/o traducirse como estás obligado a.

La palabra Obligación es una cosa un tanto molesta que se sitúa justo entre medio del ser y la libertad de acción, como lo hace un jueves en el medio de la semana, o como ese paso a nivel con la barrera baja que te corta la marcha y te sume en la incertidumbre de no saber cuándo vas a poder cruzar, y sobre todo, si vas a llegar a tiempo.


A veces te decís cosas del tipo:

Tengo la obligación de

Estoy obligado a

Me obligaron a

Yo no elegí hacer esto, me obligaron a hacerlo.


¿Quiénes te obligaron? ¿Qué cosas te ponen en la obligación? Hay toda una lista de eso. Es extensa, sí, pero al menos podemos citar algunos elementos: las circunstancias, las personas, los principios éticos y morales que rigen en el mundo en el que uno se mueve, la religión…

Pensándolo bien, si es una obligación es probable que en gran parte no quieras hacerlo. Ojo, también hay obligaciones que uno tiene ganas de cumplir, aunque no siempre este muy dispuesto. Es decir, en el fondo vos sabés que tenés que cumplir con esa obligación y que querés hacerlo, pero… te cuesta arrancar. O cuando te decís “hoy no tengo ganas de ir a trabajar”, que cada tanto te debe pasar. Tenés la obligación, tenés que ir, tenés que hacerlo pero, ¿y si no lo hago? ¿Qué puede pasar si no hago lo que se espera que haga porque se entiende que es una obligación que tengo? Bueno, si tenés un convenio firmado y no cumplís podés llegar a recibir una sanción. Pero en otras situaciones puede que no pase nada, incluso si sos muy hábil para inventar excusas o dar explicaciones.


En algunos momentos la palabra obligación tiene una cacofonía un tanto negativa, suena a algo que ya no disfrutás hacer, lo cual también es un poco triste. Una tristeza que tal vez sea parte de un proceso de cambio, ¿no?


Veamos otro matiz.


Hay personas que para ganar poder sobre vos te dan demasiado, se brindan con todo lo que tienen. Y de un modo silencioso, más bien a través de gestos y de ciertas claves que tenés que develar, te ponen en la obligación de retribuirles o de hacer algo por ellas. Es gente que recién conocés, sí, pero se brinda de tal manera que te sentís como si una mano gigante te estuviera atrapando, medio que si esa persona te pide algo te va a costar decirle que no porque te vas a sentir una cagada de persona.

O también la persona que te ayuda cuando estás en un quilombo y —ojo, por ahí lo hace desinteresadamente—, sin esperar una recompensa de tu parte o que en el día de mañana la ayudes. Te ayuda porque sí, porque siente el placer de hacerlo. Y ahí es como que vos te ponés en la obligación de estar agradecido a esa persona y tener en algún momento una atención con ella. En ese caso es muy probable que sea una obligación que asumas con gusto.

Otro caso es cuando estás sentado en el colectivo leyendo o escuchando música a través de tus auriculares y de repente en el asiento de al lado se sienta una persona conocida que a su vez quiere tener una conversación para hacer más ameno el viaje y como te conoce le sale hablarte de manera natural. Y vos no querés responderle pero al mismo tiempo te sentís en la obligación de cerrar el libro o sacarte los auriculares y tener una conversación porque no querés quedar como alguien cortado o mala onda, es decir, hacerle compañía de la misma manera en que esa persona cree que te está haciendo compañía a vos.

Así son las obligaciones.

Yo no elegí esto, pensás cuando te obligan a hacer algo que no querés hacer. No elegí que venga una persona y se siente a cortarme el mambo de la lectura, yo elegí sentarme y leer. Yo no elegí nacer, yo no elegí ser un óvulo fecundado. Yo estaba en el útero, tranquilo, sin joder a nadie y la madre naturaleza me obligó a salir.

En ese caso tenemos que agarrar por el lado de Sartre, quien afirmaba que en el existencialismo no hay excusas, que nuestro nacimiento es parte de nuestra facticidad, que no tenemos más remedio que asumir la responsabilidad por la facticidad de todas nuestras situaciones (en este caso la de nuestro nacimiento), que siempre tenemos la chance de negarlas mediante la autodestrucción, así que en cierto sentido elegimos nacer.

Ahora, ¿es así de simple y trágico? ¿Si considerás que no elegiste nacer te quitás la vida y listo? Bueno, no nos vayamos por las ramas, eso es para desarrollar en otro programa. Pero lo que Sartre afirma es que si elegimos seguir vivos, tenemos que asumir nuestras responsabilidades. Está bien, no elegimos nacer, pero todos los días estamos eligiendo estar vivos. Y mientras elijamos eso tenemos que hacernos cargo.


Otra variante puede ser:


No me obligues, yo quiero elegir lo que quiero hacer, o en todo caso la obligación que menos me joda cumplir. Pero vos no me obligues. ¿Estás obligado o en realidad es que no tenés ganas de hacerlo? ¿Sos una persona respetuosa con las obligaciones que te imponés? ¿Sos una persona respetuosa con las obligaciones que te imponen? ¿Entendés que vivir en una sociedad o moverse en un círculo de gente a veces lleva a que haya que cumplir con ciertas obligaciones?

¿Y las obligaciones que te salvan? ¿Qué opinás de ellas? Me gusta eso de las obligaciones que te salvan, que te levantan de la cama, que te hacen salir un poco del encierro, del embole en sí. No tenía ganas de venir, lo hice medio por obligación, para no quedar mal, pero la verdad es que lo pasé bien, que hice bien en venir. Medio que esas obligaciones te dicen: ¡dale, te tenés que levantar, tenés que salir, es una orden! Y uno se levanta, le cuesta, pero tiene la certeza de que en algún momento se va a volver a acostar, no es que se levanta y ya nunca más va a poder descansar. Una promesa que a lo sumo se cumplirá al final del día, algo que sabemos que será así. Cuando llegue la noche me voy a acostar.


Ya desde chicos nos despiertan y nos obligan a salir de la cama (o a lo sumo nos invitan a hacerlo) porque hay que ir a la escuela. Dale, después a la tarde dormís. Ya de grandes nos obligamos nosotros, porque somos responsables de nuestra humanidad y tenemos que salir a ganarnos el pan. Y cuando podemos dormir hasta las diez o las once de la mañana muchas veces nos despertamos con cierta culpa porque no estamos acostumbrados a eso y el mediodía ya está encima de nosotros y hay que desayunar y al rato almorzar y después con la digestión llega el sueño y uno siente que se perdió gran parte del día y a la vez no tiene la certeza de si va a saber aprovechar la noche.


A veces uno tiene la suerte de dormir y despertarse solo. Abre los ojos y listo. El cuerpo ya descansó y considera que es suficiente. Ya cumplió con su ciclo circadiano y se siente pletórico como para encarar lo que venga. Así sean obligaciones.

Pero el asunto es que no quería hablar de dormir. Sino de las obligaciones. Y también del hecho de tener sueño, sobre todo en las mañanas de invierno en las que te querés quedar calentito en la cama, de hacer las cosas con sueño, ¿entendés? De tener que pasar el día aguantando, resistiendo, sin sentir la intensidad del disfrute, del goce de la vida.

También de las obligaciones que nos sacan de la cama, que nos hacen entender que si nos quedamos tirados, allá, en el fondo del colchón, no hay nada esperando por nosotros, nada que responda esa pregunta que muchas veces nos hacemos. ¿Cómo será si me quedo? ¿Cómo será dormir un par de horas más? ¿Cómo será hacer eso todos los días? ¿Cómo será ser eso que en este momento no tengo oportunidad de ser?

Muchas veces me pasa. Quiero llegar a tal punto, saber qué se siente y vivir el después. Y la mayoría de las veces entiendo que tanto en el después como en el después del después, no hay nada.

Sólo esperar a que pase un vuelo y poder atraparlo, con las manos o con los ojos, incluso con las orejas, o con los pies, pero atraparlo y subir. No importa hasta dónde, lo que sea, hasta algún lado, lejos de las sábanas arrugadas y el olor de nuestro cuerpo al despertar. Cebar mate y esperar a que pasen los pájaros, o los aviones, o lo que sea que tenga alas y vuele y a la vez nos eleve de esa realidad tan tostada con manteca y mermelada, la temperatura, la sensación térmica, la humedad y la madre que los parió.

Ahí está, creo que lo encontré.

El asunto es cambiar horas de sueño por el interminable trabajo de despertar intensidades dormidas.

Y una vez despiertas, obligarlas a seguir, darles pastillas para que aguanten un poco más y no se vayan, para que se sientan igual que nosotros cuando queremos dormir y no podemos.






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SPIRITUAL



Recuerdo una noche en la que venía en el auto escuchando el disco Unchained de Johnny Cash, sobre todo cuando empezó a sonar la canción Spiritual, la cual nunca había escuchado. Entonces me invadió una sensación que no sé cómo explicar. No sé si era oscura o luminosa, pero me gustaba… porque me estaba brindando un momento de sensibilidad, de esos que no se suelen tener muy a menudo y a los cuales muchas veces me resisto. Lo que sentía era una conexión plena, era como si alguien me estuviera haciendo una transfusión, como si a través de los parlantes salieran cables imaginarios y me hicieran conectar con eso muy sensible que estaba escuchando.

Es extraño oír esa canción en la noche, y más estando solo dentro de algo que se mueve, rodando sobre una ruta en donde hay más de esas cosas que se mueven. Cosas que, como decía Pessoa, de repente nos proporcionan libertad y al momento son algo en lo que estamos encerrados.


En la canción el tipo le dice a Jesús que no quiere morir solo. Todo lo que tengo sos vos, le dice. Sé que he pecado pero, señor, estoy sufriendo.

Recuerdo mis manos aferrándose al volante como si el auto estuviera a punto de caer por un barranco. Y recuerdo no querer salir de esa sensación por nada del mundo, porque en eso me iba la vida. Es como que la canción te envuelve y detiene tu cabeza. Uno va manejando, con todos los riesgos que eso conlleva, y a su vez va escuchando a un tipo que le ruega al señor no morir solo.

No sabemos mucho más de él, porque podría ser que lo que le está pidiendo es retardar el momento crucial, aunque sea para dar tiempo a que llegue la persona que tiene que llegar. Y además Johnny Cash le da a la canción algo que quizá no podría darle otro cantante. Esa cavernosidad, esa oscuridad latente, esa angustia propia que si conectamos bien con lo que narra, nos hace preguntarnos cómo nos gustaría morir…


¿Cuántas veces te permitiste imaginar el momento de tu muerte? ¿Existe la muerte feliz o sólo las situaciones ideales para eso, es decir, en una cama, ya viejos, rodeados por la familia? ¿O sos de los que piensan que lo mejor es que sea durmiendo, sin sufrir, sin enterarte? ¿Alguien quiere morir solo, sin nadie que quiera venir a verlo, a cuidarlo, o a acompañarlo en algo tan trascendente como lo son nuestros últimos momentos en este lugar tan extraño?

Morir en soledad parece ser algo tremendo. Parece querer decir que si te morís solo es porque no fuiste bueno. Y lo que seguro te duele es estar despierto, saber que va a ocurrir y tomar conciencia de que tal vez no ocurrirá de la manera en la que alguna vez te permitiste imaginarlo. Y la figura de Jesucristo ahí presente, a través de una estampita del sagrado corazón o de un crucifijo en la pared, o tal vez nada de eso, sólo la persona mirando hacia el cielorraso y suplicando, como si el cielorraso en realidad fuera transparente ante la omnipotencia del Señor. O tal vez la situación no es como la imagino (porque eso es lo que imagino al escuchar la canción), porque lo primero que se me viene a la cabeza es a un tipo postrado en una cama, cama que está en un dormitorio de una casa precaria, casa a la que nadie parece visitar desde hace mucho tiempo. Tal vez ese tipo está postrado en una cama de hospital al cual ningún pariente o amigo ha ido a visitarlo. O tal vez acaba de ser herido de muerte en un campo de batalla, no sé, no tengo mucha idea de qué es lo que inspiró al músico Josh Haden a componerla. O tal vez sólo está sentado, tomando algo, fumando, con el codo apoyado en una mesa, sabiendo que de un momento a otro vendrá lo inevitable y chau. Optando por una lenta capitulación, como alguna vez dijo Jim Morrison.

¿Habrá sido una buena persona este tipo? En la canción parece decirnos que no, que no hizo las cosas bien, pero está pidiendo un poco de piedad, no se quiere morir solo. Es decir, el tipo parece entender que merece esa soledad por la que está pasando, pero ya no la soporta, es capaz de arrepentirse de todo lo que haya que arrepentirse, no importa, pero le pide a su dios que no lo abandone.

Y desde esa noche que no puedo olvidar esa sensación de apagura un tanto luminosa, quizá porque cuando Johnny la grabó todavía no se estaba muriendo y todo lo que quería era mandar un mensaje, ondas que se expandan cada vez que alguien pone play y escucha esa canción en la noche. Una noche del año 2013, por ejemplo, dentro de un auto, en medio de la ruta, en medio de la nada.






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NO ESTÁ BUENO



Según el diccionario, discutir y debatir son sinónimos, pero en la vida real me quedan dudas. ¿Es lo mismo debatir que discutir? Hace un tiempo escribí en mi muro de Facebook que la persona que discute no busca enriquecerse sino afirmar su idea y taparle la boca a la otra parte. En cambio cuando se da una conversación en términos pacíficos hay más posibilidades de enriquecerse. Y bueno, cuando escribís en el Facebook, los amigos reaccionan… Lo que sí, hubo opiniones diversas, y lo gracioso es que de un debate se pasó a una discusión. Y de esas “opiniones” rescaté varias cosas:


  1. Una discusión donde hay chicanas no es una discusión sino una pelea.

  2. Una discusión puede ser una conversación mal hecha.

  3. Para algunos discutir y debatir es lo mismo.

  4. En un debate hay un tiempo para exponer y otro para escuchar, en cambio en una discusión no.

  5. Discutir está más cerca de ser sinónimo de pelea que de ser sinónimo de debatir.

  6. Debatir se acerca más a lo que es una conversación, aunque algunos lo llamen “discusión con reglas”.


En la Argentina hace tiempo que estamos en una época donde se usa mucho la palabra “discusión”. Discutir sobre esto, discutir sobre aquello… se da en muchos ámbitos, pero fundamentalmente en el político. Pero pasa que no me gusta la palabra “discusión”, me suena más a querer imponer un punto de vista sin dar el brazo a torcer. Me suena a “dale, vení que lo discutimos, dale, vení, vas a ver cómo te cierro la boca”. En cambio “debatir” o “conversar”, me parecen términos más apropiados, más pacíficos, más propicios a generar un clima de intercambio de ideas, a analizar lo propicio de cada punto de vista y a analizar las flaquezas mutuas.

Discutir, en cambio, tiene cierta aura de violencia verbal y emocional, aunque algunos afirmen que eso no es una discusión sino una pelea. Lo cual nos hace llegar a la conclusión de que el verbo “discutir” tiene demasiados matices. Eso es lo que alcanzo a percibir de un tiempo a esta parte, que se discute mucho, pero se debate poco, que muchas veces uno cree que está debatiendo pero en realidad está discutiendo y que las redes sociales son un buen termómetro de eso.

Tal vez porque ofrecen un cierto camuflaje, ¿no? Uno puede ponerse un nombre falso y discutir con quien sea. Y eso motiva que haya muchos cruces picantes. En su casa uno puede tener una conversación o una discusión con su pareja. Pero en este caso los matices están bien marcados (y ya sabemos muy bien lo que son las discusiones de pareja). Ahí la cuestión está bien clara: una discusión de pareja es una pelea, no hay debate posible. Punto. Incluso podés discutir sobre fútbol con tus pares, pero en ese sentido esa es una discusión en donde hoy ganás y mañana perdés, y vos siempre supiste que es así. En cambio en cuestiones de política, lo que estás discutiendo es un proyecto de país. Le mostrás al otro qué cosas te gustan y qué no. Le mostrás lo que pensás, si tenés ideas de derecha, de izquierda o de centro. Y eso separa mucho a las personas (al igual que las religiones). No hace falta que te diga que el fanatismo es peligroso, o que en un principio todas las pasiones son estúpidas hasta que el tiempo las vuelve maduras. Creo que al menos en el sector de las ideas se debería apuntar a debatir para enriquecerse que a discutir para imponer una visión. Una discusión termina con un ganador y un perdedor, pero también con alguien contento y alguien herido. Ahora, una conversación o un debate generan otro tipo de predisposición. Vení, que lo conversamos, dale, debatamos a ver qué pasa. También hay que decir que tanto una conversación, un debate o una negociación pueden virar hacia una discusión subida de tono. Lo que es muy raro es que suceda al revés, es decir, empezar discutiendo y terminar conversando. Pasa, no digo que no, pero se da con menor frecuencia. Y eso me hace acordar al escritor mexicano Carlos Fuentes, quien decía que es muy probable que de la amistad se pase al amor, pero que es muy difícil que del amor se pase a la amistad. Y digo esto porque veo que se discute mucho pero no se debate. O se creen que están debatiendo pero en realidad están discutiendo. Al menos es lo que percibo, lo cual no quiere decir que sea así en todas partes. Es sólo la visión que te da un tipo que está situado en un pedazo microscópico del mundo, nada más.


Cuando uno va a discutir para afirmar sus ideas muchas veces se encuentra con que el otro le hace notar cosas que no había tenido en cuenta, y entonces la victoria que se creía posible empieza a tambalear. Así que hay dos caminos: lastimar por otro lado —lo que se conoce como buscar un punto débil, una chicana—, o buscar una salida elegante. En fin, empezamos debatiendo, terminamos discutiendo. Ahora, ¿En qué punto se salen las cosas del carril? ¿Sos una persona capaz de advertirlo? ¿Sos capaz de poner la pelota debajo de la suela y pensar? Hay algunos que lo hacen, por ejemplo cuando para que las cosas no pasen a mayores, para que no se siga agrandando la bola de nieve, se le dice al otro: mirá, respeto tu opinión, pero no comparto. Es una buena manera, pero también esa persona está dejando en claro que entre esas dos partes que discuten o debaten, existen diferencias irreconciliables con las cuales hay que aprender a convivir. Y por momentos esas diferencias molestan, porque esa división pone en evidencia que hay un tema del cual mejor no hablar. Sino parecemos ateos tratando de convencer a los católicos y viceversa. Lo cual es imposible. Así que bueno, a poner en práctica la tolerancia y el respeto, a empezar debatiendo y a tratar de terminar debatiendo. Incluso podrás preguntarte: bueno, sí, todo muy lindo, muy civilizado… ¿Y con la bronca? ¿Qué hacemos? La verdad, no tengo la menor idea…






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EL OPTIMISMO



Es usted optimista doctor.

No es que sea optimista, es que no puedo imaginar nada peor de lo que estamos viviendo.


Este diálogo extraído de la novela de José Saramago titulada Ensayo sobre la ceguera fue como una especie de disparador para ponerme a pensar en el optimismo.

El humorista español Jaime Perich dijo que un optimista es el que cree que todo tiene arreglo y un pesimista es el que piensa lo mismo, pero sabe que nadie va a intentarlo. Para el dramaturgo español Antonio Gala un pesimista es en realidad un optimista bien informado y para François Truffaut un pesimista es un optimista con experiencia. Milán Kundera dice que es el opio de los pueblos, y Martín Seligman sostiene que el optimismo no viene con nosotros cuando nacemos sino que lo tenemos que aprender a lo largo de la vida.

Un dicho anónimo sostiene que el optimista tiene siempre un proyecto y el pesimista, en cambio, una excusa. Y otro dicho anónimo sostiene que el optimismo es la prima hermana de la esperanza. Ahora, ¿de dónde viene el optimismo?


Hay estudios neurocientíficos que aseguran que el optimismo es un defecto cerebral. Suena feo, ¿no? Según Wikipedia, el optimismo, al igual que la esperanza, significa tener una fuerte expectativa de que en general las cosas irán bien a pesar de los contratiempos y de las frustraciones. Desde el punto de vista de la inteligencia emocional, el optimismo es una actitud que impide caer en la apatía, la desesperación o la depresión frente a las adversidades.

Entonces hay que tener al optimismo como actitud, ¿no? Eso me gusta. Es una cuestión de actitud, de ir para adelante, aunque sea un defecto cerebral. Ojo, tampoco a los ponchazos. Tomar ciertos recaudos, pero ir para adelante. Como esos equipos de fútbol que van perdiendo 4 a 0 pero siguen atacando aunque sea para llevarse el gol del honor. Como el flaco Spinetta, que cantaba mañana es mejor, y según explicó el propio Luis Alberto, quiso decir que el mañana es la única posibilidad que tenés y entonces no te queda otra que hacerlo lo mejor posible. Y ahí es cuando uno entiende que más allá de los pronósticos pesimistas y de que todo en algún momento se va a ir a la mierda —pensamiento que desde la segunda guerra mundial a esta parte siempre estuvo presente en el inconsciente colectivo—, al mundo lo vamos a destruir nosotros. Y si no es debido a una guerra atómica, lo vamos a hacer aniquilando, agotando sus recursos y contaminándolo. Pero más allá de eso, uno tiene que seguir adelante, ser optimista y hacerlo.


La palabra Optimismo proviene del latín "optimum", que quiere decir "lo mejor". El término fue usado por primera vez para referirse a la doctrina sostenida por el filósofo alemán Leibniz en su obra Ensayos de Teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal (Amsterdam, 1710), según la cual el mundo en el que vivimos es el mejor de los mundos posibles.

Ahora, si sos ultra optimista lo más probable es que termines fracasando, porque no estás tomando en cuenta factores realistas que podrían minar de dificultades todo lo que emprendas. Pero lo bueno del optimismo es que te hace conectar con el aspecto positivo de la vida. Y de esa manera uno empieza a ver más las cosas que sí puede hacer, que sí puede vivir y deja de prestarle tanta atención a lo que le falta.


Alguien que ya ha explorado el lado oscuro del optimismo, en medio de un entorno entregado al positivismo superficial, es Barbara Ehrenreich, reconocida periodista y activista política. Con respecto al pensamiento positivo Barbara Ehrenreich, en su libro Sonríe o muere, que es una crítica a esta corriente que estuvo muy de moda en los Estados Unidos, dice lo siguiente:


Con los años me encontré con la ideología del pensamiento positivo aplicada a las personas que despedían de las empresas. Trabajadores no manuales, de categorías medias. Se las mandaba a grupos de apoyo o de contactos. En esos grupos el mensaje era: que te despidan no es malo. En realidad es bueno, es una oportunidad para desarrollarte.

Pero si quieres salir de ésta tendrás que mejorar tu actitud. Porque para conseguir un trabajo la clave no es tener conocimientos, ni competencias ni experiencias, la clave es tener una actitud positiva. A alguien que pasa por uno de los peores momentos de su vida, como puede ser quedarse sin trabajo, le decís “no pasa nada”. Sonreí, poné buena cara y seguí adelante, y sobre todo, no te quejes.


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