Excerpt for volvería para matarla by , available in its entirety at Smashwords

Autor Alfredo Miranda IV



© Alfredo Miranda Ramos, 2015. Todos los derechos están reservados, incluidos los derechos de reproducción parcial o total en cualquier formato.







Capítulo 1- A veces el mejor ejemplo de valentía y bondad nos lo puede dar un niño.

Capítulo 2- El que no se note en un infante la angustia y la depresión, no significa que no pueda llegar a sentirlas.

Capítulo 3 - Hay eventos en tu vida que te marcan para siempre. Las cadenas que te unen con tus antepasados… no siempre fueron hechas con amor.

Capítulo 4- No siempre el llanto de un niño es un capricho. En ocasiones puede tratarse de un grito desesperado.

Capítulo 5- Cuando te aferras a amar justo a la persona que no te quiere, es espinarte y sangrar por una rosa que marchitará de todos modos. Si estuviste dispuesto a darlo todo, también requieres estar dispuesto a recogerlo todo e irte.

Capítulo 6- El amor simplemente ama donde quiera que pasa y no puedes evitarlo. Pero puedes enseñarle un camino seguro, tu que no eres ciego.

Capítulo 7- El alcohol es como el mar, si estás en la orilla siempre es divertido, si permites que con su espuma toque tus pies… es refrescante; si vas a donde rompen las olas es atrevido. Pero si osas ir a donde no puedes tocar fondo, es un infierno. 

Capítulo 8- No hace falta tener alas para ser un Ángel, basta simplemente con extenderle la mano a otro ser humano… viéndolo en sus máximas posibilidades.

Capítulo 9- En todos nosotros habita un poder enorme y despertarlo es subirte en los hombros de un gigante, el poder de la intención.

Capítulo 10- Solo tú eres responsable de tu felicidad y también lo eres de tu infelicidad.

Capítulo 11- Hay ideas sembradas en lo profundo de tu mente, generadas por eventos que quizá no recuerdes o pretendes no saber. Eventos que te marcan para siempre y llegan a definir tu vida, Solo existen dos caminos: Vivir con esas ideas o volver para matarlas.

Capítulo 12- La vida es aquí y ahora, en este instante, a veces ya no hay próxima vez ni mañana. 















Capítulo 1

A veces el mejor ejemplo de valentía y bondad nos lo puede dar un niño.  







¡Qué rápido volviste! ¿No me dijiste que nunca regresarías? Pero que te quede clara una cosa: ¡Contigo yo no quiero nada! Estoy cansada de ti, me molesta ver tú cara, escuchar tus reproches y tus cursilerías. Puedes ignorarme todo lo que quieras, no me importa; para mí tú también eres como un mueble. Y si lo que estás buscando son mis documentos, están en el closet. ¿Ya los encontraste? Bueno, ahora lárgate de aquí… ve a llorarle a tu abogado; y desde ahorita te digo que de mi departamento no me saca nadie, ¡Que te vaya bien imbécil! ¡Y ahora qué demonios quieres!

- Llevó horas buscándote. Ya estaba por irme, estos edificios de treinta pisos me producen vértigo.

- Perdóname papá te confundí con Pedro, dime, ¿A qué debo el honor de tu visita?

- Tu madre esta inconsolable. Llora desde hace días por ti. Y hoy que también yo me fui… no sé qué va a ser de ella.

- ¿Quieres beber algo, cerveza, café, whiskey?

- Tú sabes que no tomo bebidas alcohólicas, pero por lo que veo, tú si has estado bebiendo y a juzgar por el desorden que tienes por todos lados, supongo que llevas varios días así. Es una lástima.

- ¿Viniste solo a juzgarme, me vas a regañar como si fuera una niña… o es que ahora están todos en mi contra?

- Vine a llevarte. Es necesario que vengas conmigo, ¿Sabes lo triste que está Pedro por ti?

- ¡Me importa un comino lo que ese infeliz esté sintiendo! Hace solo un minuto vino y ni siquiera me dirigió la palabra.

- Por lo que veo no sabes lo que está pasando. Me alegro de poder estar aquí contigo en este momento tan difícil. Háblame de Pedro.

- Hace tres días que se fue de casa, ¡Nos vamos a divorciar!

- Esa es una decisión enorme.

- Estoy decidida, ni lo quiero ni me quiere. Los últimos meses han sido un infierno, ya hasta me da pena ver a los vecinos de tantos gritos… sin el estoy feliz.

- ¿Feliz? Pues avísale a tu cara porque no se ha enterado.

- Salgamos al balcón, creo que es el único lugar que no he ensuciado, ¿Todavía te asustan las alturas?

- Tanto como antes, pero puedo manejarlo, ¿Por qué no me ofreces una taza de café? A ti también te vendría bien una.

- Enseguida te la traigo, ¿Azúcar?

- Poco por favor, la vista desde aquí es impresionante.

- ¿Qué dices?

- Nada, decía que me gusta el panorama.

- Ha, eso.

- Pues bien, puedes empezar.

- ¿Empezar a qué?

- A llorar, sácalo todo.

- ¡No pienso llorar más por ese imbécil!

- ¿A no? Bueno pues hazlo por ti, por cómo te estás sintiendo.

- Lo único que siento es mucho coraje ¡No quiero volver a saber nada de los hombres, todos son iguales! Me siento tan poco querida, sola, vulnerable… vacía. ¿Ya ves? Si lo que querías era verme llorar lo conseguiste.

- Supongo que también sientes miedo, ¿No?

- Sí, mucho… y mucha rabia.

Los dos monstruos que siempre nos llevan a la infelicidad: el miedo y los resentimientos.

Alejandra, me duele verte así. Yo sé que eres una mujer entregada, generosa y buena; además de bonita e inteligente.

- Si soy así como dices, ¿Por qué siempre tengo que pasar por lo mismo? ¿Por qué tengo que enredarme con patanes, egoístas, infantiles y mentirosos?

- Tengo que, tengo que, me parece que utilizas demasiado esa frase…tengo que.

Yo un día aprendí que no tengo que hacer nada, ni siquiera comer. Elijo lo que más me conviene. Y que las casualidades no existen, todo lo que nos pasa lo generamos nosotros mismos, a menudo inconscientemente.

Hay eventos en tu vida que te marcan para siempre. Traumas o patrones de conducta que se contagian, son casi heredados.

Cadenas generacionales tan poderosas que ni siquiera el tiempo puede romper. Es como una enfermedad genética en la que tus antepasados han ido dejando sus huellas en ti.

No solo los rasgos físicos son heredados, en tu interior llevas algo de tus ancestros; son como pequeñas maldiciones familiares y solo tú puedes romperlas… y para hacerlo requieres llegar al momento justo en el que se generaron.

- ¿Y cómo pretendes que haga eso? ¿Viajando en el tiempo? Me parece que estas más loco tu que yo.

- Probablemente lo esté, pero no soy yo el que esta desayunando lagrimas con vodka. Conozco una historia que te puede iluminar un poco.

- Cuéntamela, total, tengo todo el tiempo del mundo.

- Qué bueno que mencionas el tiempo, porque esta historia empezó hace mucho, mucho tiempo, más de 100 años… si mal no recuerdo.  



Corre Regina, corre, ¡Corré!

Si hay un grito que puede salir del alma, sin duda es el de una madre cuando trata de salvar la vida de sus hijos.

Ni siquiera tuvo tiempo de calzarse, salió como alma que lleva el diablo, atravesó el portal de su casa y saltó como pudo la cerca de piedra que limitaba su propiedad.

Esa noche no había luna, apenas se podía ver la vereda que conducía al pueblo. Aun así, Regina con tan solo nueve años corrió valientemente a buscar al único doctor que había en San Sebastián.

Después de treinta minutos estaba exhausta. Sus piececitos le sangraban, el camino pedregoso causo heridas que la tierra se encargó de cubrir. Se detuvo un momento y apoyando sus manos en las rodillas jadeaba tratando de jalar aire.

Cuando sintió fuerzas levantó la mirada, a lo lejos se alcanzaban a ver algunas luces, ya no falta tanto, pensó, estaba aterrada; tantas historias que sabía sobre animales que salen en el monte por la noche, recordó también la leyenda que solía contarle su nana Evangelina… sobre él nahual que se robaba a los niños transformándose en coyote, pero con jetas de puerco y cola de caballo.

Comenzó a llorar… sus sollozos se perdían en la inmensidad del campo. Los árboles se movían cada vez más rápido, inclinándose tanto que parecía que querían tocar sus raíces con las ramas. Era como si el viento le animara a seguir corriendo, así lo hizo y por el camino fue dejando lágrimas.

Tiempo después algunos en el pueblo juraban que por cada lágrima que derramó Regina esa noche nació una rosa roja, con los años la gente le llamó a ese camino… la vereda de las rosas.

Padre nuestro que estas en el cielo, santificado sea tu nombre…Llegó al pueblo rezando. Atravesó la plaza y corrió rumbo a la casa del doctor Justino. Cuando estuvo frente a su puerta sintió un agudo dolor en su pierna izquierda, un perro que vivía en la casa de enfrente la había mordido y le ladraba y gruñía.

El ruido terminó por despertar a la esposa del doctor que salió con una vela encendida y una escoba en la mano con la que ahuyentó al perro.

- Regina, niña, ¿Qué estás haciendo aquí?

- ¡Mis hermanos! Dijo mientras miraba sangrar su pantorrilla, están muy enfermos Doña María, por favor llámele a su marido.

- ¡Hay mijita! Si tu papá vino por el desde el jueves, disque a celebrar que la cosecha se dio bien. Anda y búscalos en la cantina, segurito ahí los encuentras a los dos.

Regina se alejó cojeando hacia la cantina, sentía que se le saldría el corazón. Creo que también me voy a morir yo, pensó.

Los mariachis cantaban con singular alegría, sabían perfectamente que cuando don Emiliano empezaba a beber, podían pasar días enteros y la fiesta no paraba. La última vez que los contrató les pagó tres veces, ya que el grado de inconciencia al que llegaba no le permitía ni recordar su propio nombre.

Era tanto su despilfarro que cuando mandaba a un mozo a buscar al mariachi, este primero corría a avisarle a cuantas personas se encontraba en su camino. A veces le daban hasta un peso de propina por la valiosa información. Incluso algunas señoras mandaban a sus maridos para que “acompañaran” al rico hacendado… y de paso se llenaran los bolsillos.

Cuando los músicos llegaban, parecía que en vez de instrumentos llevaban cargando la imagen de la Virgen de Guadalupe… pues decenas de personas caminaban detrás de ellos.

Un domingo el mismo Cura del pueblo se atrevió a entrar al tugurio y acompañó a don Emiliano con dos copitas de jerez, le echó la bendición y de penitencia le mandó que diera las limosnas de un año por adelantado. Con lo que le sacó terminó de construir la capilla.

Por fin llegó Regina a la cantina, dudó en entrar, sabía que su padre aunque era un buen hombre, con unas copas encima solía transformarse en todo un patán. Respiró hondo y cruzó la puerta, el lugar estaba lleno, algunos jugaban a los dados, otros carcajeaban con las meseras sentadas en sus piernas.

Avanzó tímidamente a donde estaba su papá y jaló de su manga varias veces, hasta que don Emiliano, cansado de tanto tirón gritó con enfado, ¡Que traes pues! Al ver a Regina no alcanzó a entender que estaba haciendo ahí, con coraje la sacudió de los hombros y le preguntó: ¿Qué haces aquí?

-Perdóneme papacito, mi mamá me mandó a buscarlo, mis hermanos están muy enfermos.

- ¡Que enfermos ni que nada! Lo que quiere tu madre es hacerme quedar en ridículo con mis amigos, ¡Pero eso nunca!

-Le juro papacito que yo los vi muy mal… casi no pueden respirar.

- ¡Mentira! Si cuando salí no estaban tan enfermos, seguro es solo un catarro.

- Usted se fue hace tres días, y si están enfermos, tiene que ir a verlos y llevar al doctor rápido.

¡Nomas eso me faltaba! Que vinieras a darme ordenes escuincla majadera. Una niña decente no entra en estos lugares, cuando seas grande ya nadie se va a querer casar contigo, ¡Vamos… fuera de aquí!

Entonces intervino el doctor Justino.

- Cálmese compadre no es para tanto.

- ¡Usted no me va a decir cómo educar a mi hija! Contestó furioso, dele gracias a Dios que le salvó la vida a mi señora madre, que si no, ahorita no la estaría contando.

¡Vete de aquí! Le gritó a Regina, quien asustada se levantó y salió llorando. Desesperada le pidió ayuda a un borrachín que dormitaba en la banqueta.

- Señor tiene que ayudarme, por piedad, mis hermanos se están muriendo… dígale usted al doctor que vaya a verlos, se lo suplico.

- ¿Tú eres hija de don Emiliano?

- Sí.

- No pues va a estar difícil, con los asuntos de tu papá mejor ni meterse. Anda a la Iglesia, quien quita y el cura te puede ayudar, uno nunca sabe.

Regina sintió una leve esperanza, no le parecía mala la idea de pedirle ayuda al padre Gaspar, el sabría qué hacer. Corrió hasta la iglesia, tocó la enorme puerta de madera, pero nadie abrió. Pasó la noche desesperada, esperando a que le abrieran… ya no tenía a donde ir, ni a quién recurrir. Hasta que del cansancio se quedó dormida.

Esa noche, la más triste de su vida, tuvo Regina un sueño tan extraordinariamente real que el resto de sus días lo recordó como el suceso más raro que había vivido.

Yo estoy segura de que se me apareció un Ángel, platicaba años después. Un cálido beso en la frente la despertó. Al abrir los ojos vio a un hombre que sonriéndole le dijo: no estés triste Regina ni asustada. Nada es tu culpa, te quiero mucho y te comprendo; vine hasta aquí a verte, a abrazarte… a consolarte.

- ¿Quién eres?

- Algún día habrás de conocerme y entonces lo sabrás. Por ahora solo basta con que sepas que estas en mi corazón. Y aunque eres solo una niña un día serás una mujer hermosa y tendrás tu propia familia.

El resto de la noche la pasó en sus brazos, se sintió segura, protegida… amada por ese personaje al que toda su vida llamó: mi Ángel de la Guarda.

Mientras tanto en la cantina don Emiliano hablaba con el doctor.

- Compadre, dijo el doctor Justino, es mi deber como galeno atender a quien me lo solicite.

- Pues atiéndame a mi compadre, sírvame otro ándele, ¡Cantinero! Gritó efusivamente, otra ronda para todos, ¡Yo pago! Los gritos y aplausos no se hicieron esperar.

- Insisto en que es mejor ir a ver qué es lo que pasa, no vaya a ser la de malas.

- Usted va a tomar conmigo hasta que yo diga. Y ya no me esté fregando porque esto va a terminar mal.

- Mejor que le parece, insistió el doctor, si agarramos el mariachi, las viejas, es más, toda la cantina si usted quiere… y jalamos a su rancho, nomás para quitarme la preocupación de encima.

- A que doctorcito tan aferrado, ándele pues, me parece la idea y de paso sirve que nos preparan un menudo o lo que sea, a mí ya me gruñen las tripas.

¡Atención! Nos vamos a mi rancho con todo y mariachi, están todos invitados. ¡Vámonos mariachi, los quiero oír tocando todo el camino!

No menos de treinta gentes entre meseras, “amigos” y mariachi salieron entusiasmados rumbo al rancho de don Emiliano. Atravesaron la plaza y pasaron justo frente a casa del doctor, un perro le ladró a don Emiliano, y este ni tarde ni perezoso lo mató de un balazo.

Así iba don Emiliano, alegremente cantando rumbo a su casa. A todos les sorprendió ver tantas rosas por el camino, pero lo que les esperaba al llegar los sorprendería mucho más.

No lejos de ahí, doña Teresa, mamá de Regina, cantaba llorando una canción de cuna. Duérmete niño duérmete ya, que viene el coco y te comerá. Trataba de distraer a sus niños para que no se dieran cuenta que se estaban muriendo. Gravemente enfermos de Difteria y sin medicinas, morían lentamente de asfixia sin que nadie lo pudiera evitar.

Por más que trataron de ayudarles, inevitablemente se fueron muriendo de uno por uno. El primero fue Joaquincito, el más pequeño de la familia, solo tenía tres años. Sus hermanos Pedro de cinco, Juan de ocho y Roberto de once alcanzaron a ver como la nana Evangelina con la ayuda de Lupita, la hermana mayor de Regina, lo sujetaban desesperadamente de las axilas y lo subían y bajaban rápidamente tratando de que jalara aire, fue en vano… Joaquincito murió en sus brazos.

Doña Teresa, para no angustiarlos más, les dijo que se había dormido, lo acostó en su camita y le cantó la misma canción de cuna que le cantaba cada noche. Y así fue despidiendo de uno por uno a sus cuatro hijos varones.

A Juanito, el tercero de los niños, todavía le quedaba algo de vida cuando escuchó al mariachi… ¡Mi papá! Susurró… y cerró sus ojitos para siempre.

Había llegado ya don Emiliano a su rancho con mucha algarabía. Se le hizo raro ver tantas luces prendidas y decidió pasar a ver quién estaba despierto, y de paso avisar que traía invitados. Les diré en cuanto amanezca que maten a un puerco, ahora si la fiesta se va a poner buena.

El grito que pegó al ver a sus hijos muertos fue tan extrañamente desgarrador que a todos se les puso la carne de gallina. Dos meseras cayeron desmayadas, y la mitad de los borrachos que le acompañaban salieron corriendo. Cuentan que en ese mismo instante encaneció por completo don Emiliano. Años después unos estadounidenses compraron la propiedad, y decidieron llamarle como todos en el pueblo le decían desde entonces… la hacienda del grito.

Estaba ya amaneciendo cuando le avisaron de la tragedia al padre Gaspar. Solo atinó a decir: corre y toca las campanas… en cuestión de unos minutos todo el pueblo estaba afuera de la iglesia. Miraban asombrados un enorme rosal de rosas rojas justo a un costado de la puerta y más grande que la misma… debajo de él estaba Regina. 





Capítulo 2



El que no se note en un infante la angustia y la depresión, no significa que no pueda llegar a sentirlas. 













Es una triste historia, pero no veo como podría servirme a mí, en mi vida no ha habido tragedias de esa magnitud.

- No te impacientes, la historia apenas comienza y no trato de compararte con esa niña. Tú y ella son dos mujeres diferentes y sin embargo, bien podrían tener mucho en común.

- Pues yo insisto en que nada tenemos en común. Yo vivo en la ciudad, soy hija única y tengo treinta y cinco años… para nada me identifico ni con ella ni con su historia.

- Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia, y cuando somos niños no contamos con la capacidad de comprender lo que nos pasa. Nuestro corazón está muy tierno, nuestra mente es vulnerable.

Algunos sucesos suelen ser más dolorosos de lo deberían, más amargos, más traumáticos. Y esos acontecimientos pueden definir nuestra vida después…. en el pasado podemos encontrar nuestro futuro.

Repetimos conductas, hábitos, actitudes y luego nos quejamos de tener “mala suerte” o “encontrar” siempre el mismo tipo de personas o situaciones.

- Sigo sin comprender qué es lo que me intentas decir ¡Espero que no insinúes que yo soy la culpable de que mi esposo sea un borracho, mujeriego y patán!

- Yo nunca dije eso.

- ¿Por qué sonríes? ¡Mira papá, si te estás burlando de mí voy a tener que pedirte que te vayas!

- Para nada, sonrió porque has usado la palabra culpa… y definitivamente no eres culpable.

- Ah bueno, entonces sigo sin entender.

- Solo somos culpables cuando tenemos conciencia de nuestros actos, aunque si somos responsables. Lamentablemente vivimos repitiendo patrones de conducta sin darnos cuenta, por eso, aunque nos la pasemos quejándonos de la vida, no hacemos nada para remediarla; en el fondo ser víctima te brinda algunas recompensas. Pobrecita mi niña linda, ella tan buena y otra vez se topó con un mal hombre.

- Bueno tú lo pediste, ¡Vete de mi casa! Aunque te quiero no voy a tolerar tu sarcasmo. Es increíble que aun viendo lo que me pasa todavía te burles de mí.

- Es que todo el mundo se burla de ti, todos están en tu contra. La gente es mala y se aprovecha de tu nobleza… y tú siempre vuelves a confiar en los demás.

Por eso te pasa lo mismo una y otra vez, porque eres “muy buena,” no eres como ellos, pero todo se paga en esta vida ¿Cierto?

- Yo pensé que, si alguien podría comprenderme serias tú, y mira, solo viniste a juzgarme… de veras que yo no tengo a nadie en el mundo.

- No seas víctima, para empezar, ¿Porque sigues bebiendo vodka? ¿Crees que fugándote te sentirás mejor? Solamente funciona una forma de afrontar la vida: y es viéndola y viviéndola de una manera responsable.

Yo no estoy aquí como tu juez, te comprendo perfectamente, se cómo te sientes y hasta se cómo piensas. Lo que busco es enseñarte a abrir tu conciencia y así ayudarte a entender lo que te pasa y de paso a perdonar y perdonarte.

El evento es neutro, lo importante es como tú lo elijas ver. A veces las más grandes bendiciones vienes envueltas en un paquete que parece una calamidad.

- Es que tus palabras me están lastimando papá y no logro entender por qué me hablas de ser responsable, de tener conciencia; que los eventos son neutros, patrones de conducta. Dices que soy una víctima y quieres que entienda todo escuchando la historia de una niña que no tiene nada que ver conmigo.

- Yo no espero que lo entiendas tan rápido. Aunque si confió en que lo entiendas al final. Te propongo un trato: cambia el vodka por café y permíteme seguir con mi relato… si al final no estas conforme con lo que trato de explicarte, yo mismo diré que tienes toda la razón.

- Está bien, aunque insisto en que la historia de esa Regina no tiene nada que ver con mi historia. Y no dejaré de tomar vodka, si te hace feliz, continúa con tu cuento.

- Más adelante hablaremos de los cuentos, por ahora es importante que notes como podemos estar ligados a otras vidas sin darnos cuenta. Y eso afecta nuestro presente, te dije que el pasado puede determinar tu futuro, y son personas las que generalmente te marcan desde pequeño. Casi siempre inconscientemente, es muy común que suceda en tu propia familia.

- ¿Y a la Regina de tu historia quien la marcó? ¿De qué forma?

- Mejor pregúntate esto: ¿Lo que te está pasando a ti Alejandra, tiene que ver con lo que le pasó a Regina hace cien años?

- No te entiendo nada.

- Ya entenderás, ahora déjame contarte otra historia. 



En aquellos días Santiago era un niño feliz. No imaginó jamás que los próximos meses viviría la etapa más difícil de su vida. Solo tenía nueve años, su corazón era tan tierno que los sucesos venideros le atravesarían como un cuchillo en mantequilla.

Aquel era tiempo de jugar, de aprender, de ser feliz. Sin embargo, a Santiago le esperaban pruebas muy duras, eventos tan desgarradores que terminarían por definir su vida después.

Sus padres esperaron hasta el último momento para decírselos. Finalizaba el mes de agosto, el cálido verano estaba en su última etapa y como es común en los niños ya se había aburrido de las vacaciones… añoraban volver al colegio.

- Sexto es mucho más difícil, dijo Marifer.

- No, cuarto ha de ser peor, contestó Santiago.

- Mañana nos van a ir a comprar los útiles, yo quiero una mochila de Kitty con estuche morado y mis libros forrados de rosa.

- Y yo una mochila de Súper Man.

Su mamá desde la cocina los escuchaba, ese era el momento adecuado para decirles. Sentía pena por ellos, sobre todo por Santiago, él amaba su colegio. Había estado ahí desde los tres años.

Se acercó a sus hijos y titubeando un poco les comentó: ya en una semana volverán a la escuela y hay algo que quiero decirles: su papá y yo hemos decidido cambiarlos de colegio, donde están estudiando es muy costoso…todo mi cheque se me va en pagar colegiaturas.

¿Qué dices? Exclamó Santiago asustado, no, yo no quiero que me cambien de colegio, por favor mamá, por favor no lo hagas.

¿Y a donde nos cambiaran? Preguntó Marifer.

Estamos pasando por una temporada difícil, el dinero no nos alcanza, tratamos de conseguirles una beca, pero fue inútil. Yo tendré que trabajar también por las tardes y encontramos una escuela pública cerca de la casa de tus abuelos.

Me han dicho que es muy buena, es la única solución que encontramos su papá y yo; además no puedo pasar por ustedes, salgo hasta las seis de la tarde… podrán irse caminando a casa de sus abuelos al salir de clases.

Santiago comenzó a llorar amargamente, no quería dejar su colegio, pensaba en sus amigos, ya no los vería más y el Fut Bol por las tardes, tanto que disfrutaba jugarlo. Además, en cuarto año ya entraría a la selección chica de primaria, había acariciado ese sueño todo el año. Y Cristina, la niña rubia de ojos verdes que le gustaba… tendría que olvidarla.

Sobre todo, sentía mucho miedo, una escuela nueva y pública, sonaba como ir a prisión. ¿Y si no me gusta? ¿Y si no consigo tener amigos? La maestra, ¿Cómo sería la maestra? El resto de la semana lo pasó suplicando a sus padres que no lo cambiaran. Puedo trabajar en la tienda de mi abuelo por las tardes, decía, o lavando los autos de mis tíos los domingos, pero por favor, no me saquen del colegio, rogaba amargamente.

Todo fue en vano, inevitablemente llegó el lunes fatídico, con un horrible uniforme café en las manos llegó su madre hasta su cama. Ya levántate le dijo, es tarde. Por el camino iba llorando, ¿Qué dirán mis amigos cuando vean que me sacaron del colegio? Pensó.

Cuando llegaron a su nueva escuela fue peor de lo que imaginó. Era un edifico viejo y muy feo, en la puerta se amontonaban cientos de niños.

Desde el primer momento la maestra Toñita (así le decían) mostró una disciplina casi militar, nunca fue amorosa, jamás comprensiva, sus gritos se podían escuchar a tres salones de distancia. Mal y de malas, no solo el plantel era desagradable, también la maestra le pareció una bruja.

Lo que si le gustó a Santiago fue que sabía mucho más que sus compañeros, el nivel académico del colegio en el que estuvo era más alto. Eso le salvó de muchos regaños dentro del salón, aunque afuera la cosa fue muy diferente.

Sonó el timbre del recreo y todos salieron al patio, a lo lejos miró a su hermana, ella no parecía estar pasándola mal, salió de su salón platicando con otras dos niñas. Mientras que él se dirigió solo al baño, cuando entró sintió nauseas, el hedor era espantoso, todos los escusados estaban sucios… y siempre estuvieron así. Caminó por el patio observando a los demás niños jugar, triste, asustado, solo.

Así la pasó en todos y cada uno de los recreos en esa escuela, y lejos de hacer amigos hizo enemigos. Pues la mayoría de los niños estaban acostumbrados a ser más rudos, a pelear con los puños… a asustar y aprovecharse que quien se dejara.

Al principio Santiago pasó desapercibido, pero tuvo la mala suerte de gustarle a una niña del salón de la que desgraciadamente estaba en secreto enamorado otro niño, el más rudo de todos; el reprobado… el que a veces llegaba con un ojo morado por que acostumbraba pelear con quien fuera.

Le decían el oso, y no estaba solo, con otros cuatro niños de quinto de primaria que habían sido sus compañeros el año anterior formó una pandilla.

Ya había pasado el mes de septiembre cuando sucedió, Santiago estaba caminando por el patio, esperando que sonara ya el timbre para volver al salón; cuando de pronto sintió que lo empujaban fuertemente por la espalda, al voltear vio al oso decidido a todo.

- ¿Qué me ves? Gritó el oso.

- ¿Yo? Nada, contestó Santiago.

- ¡Cómo que nada!

- No, nada, exclamó aterrado.

Si decir más, el oso le asestó un puñetazo en plena boca y después lo pateó varias veces en las nalgas sin que intentara siquiera defenderse. En realidad, Santiago era más fuerte, más alto, pero también era más niño, más inocente… más noble.

La escena se repitió varias veces, acudir a clases se volvió un infierno. En aquel tiempo el bulling ni siquiera estaba detectado, son niños, decían las maestras, que se arreglen entre ellos. Y así pasó todo el cuarto año de primaria.

Sin amigos, tolerando malos tratos de la maestra, y con un el niño más temido de la primaria humillándolo cada que le venía en gana. Lo único que lo salvaba era darle el dinero que tenía para desayunar.

Cuando salían de clases, su hermana Marifer y él caminaban hasta la casa de sus abuelos. Ellos vivían en una residencia enorme y muy bonita. Su abuelo era comerciante y había conseguido hacer mucho dinero.

Vivía atrapado entre dos realidades que no eran las suyas, en las mañanas, acudía a una escuela para niños de bajos recursos y las tardes las pasaba con sus abuelos ricos… sin ser él ni lo primero ni lo segundo.

La casa tenía siete habitaciones, tres en la planta baja y cuatro en la parte de arriba, de las cuales solamente tres se utilizaban; las demás simplemente estaban ahí… guardando el recuerdo de lo que algún día fue una familia numerosa.

Entre semana en aquella casa solo se veía de vez en cuando a una mujer vestida siempre de negro que caminaba sin hacer ruido de un lugar a otro.

El único momento al día en el que se sentía calor de hogar era a la hora de la comida. El ritual fue siempre el mismo: llegaba el abuelo de trabajar y se sentaba en una larga mesa que había en la cocina, frente a él, en el otro extremo, su abuela hacia lo mismo. A su lado siempre estaba Marifer y junto al abuelo se sentaba Santiago, disfrutaba mucho viéndolo, escuchándolo, sintiendo su cariño.

En el comedor tenían colgado un gran reloj de pared hecho de madera y daba puntualmente campanadas que se escuchaban por toda la casa. A las tres su abuelo subía a su habitación y dormía una siesta, a las cuatro bajaba corriendo para abrir su negocio en el turno de la tarde… a las cinco siempre aparecía su abuela vestida de negro, callada, con su mirada triste y ausente. Parecía que estaba de luto, nunca la vieron con ropa de color ni aun en las fotos que Santiago solía ver en secreto.

Cuando Marifer notaba la presencia de su abuela corría a sus brazos, el vínculo que tenían ellas dos era más que notorio.

- ¡Abuelita! Gritaba entusiasmada.

- ¿Cómo estas hijita? Contestaba sonriendo, cuéntame, ¿Cómo te fue en la escuela?

- Muy bien abuelita.

- Hermosa, eres lo que más quiero yo en este mundo, ¿Lo sabes verdad?

- Si abuelita lo sé... yo también te quiero mucho.

Así era todos los días, de las cinco a las seis de la tarde la abuela contaba cuentos a Marifer, platicaba con ella, jugaban serpientes y escaleras o la llevaba a la tienda y le compraba lo que ella quisiera.

Claro que Santiago también intentó en varias ocasiones acercarse a su abuelita. Aunque a veces ni siquiera le contestaba… simplemente parecía que no estaba ahí, o por lo menos esa era la sensación que él tenía.

Cuando hacían alguna travesura siempre era él quien se llevaba el regaño. Tú no te preocupes hijita, le decía la abuela a Marifer. Era tan notoria su preferencia por ella que Santiago después de recurrir a todo tipo de intentos para agradarle… decidió mejor tomar distancia.

Desde lejos le gustaba escuchar sus conversaciones y moría de ganas por jugar con ellas. Las pocas veces que se lo permitió su abuela, por una u otra razón terminaba regañándolo. No era que no lo quisiera, más bien parecía que disfrutaba causándole dolor.

Al poco tiempo Santiago llegó a temerle. No tanto a sus regaños sino a la sensación que causaban en él. Era muy joven para comprender lo que le lastimaba el alma…se llamaba desamor.

Mejor pasaba las tardes en el jardín atrapando caracoles o chapulines, hasta que llegaba su mamá. Ese era el único momento en todo el día en el que se sentía acompañado, protegido, amado.

Y no hubo una sola tarde en la que ya a punto de irse no se acercara su abuela a decirle al oído, hijito, si te ofendí en algo perdóname. Si abuelita, contestaba él, ese era el único momento en el que sentía el cariño de ella.

Así pasó todo el ciclo escolar, entre el desamor de su abuela, los regaños de su maestra y los abusos de sus compañeros. Sin darse cuenta se iba convirtiendo en un niño triste y solitario.

Pronto cumpliría diez años y de regalo pidió a sus padres que lo llevaran a clases de karate, y así lo hicieron. Solo que fue a una academia de Judo, para él fue lo mismo, se trataba de aprender a defenderse.

Todo el verano lo pasó en su casa, a lado de su madre, contento, hasta que una vez más llegó septiembre y debía volver a clases. Esta vez sería peor, su hermana ya había pasado a secundaria, ahora sí estaba completamente solo. 





Capítulo 3



Hay eventos en tu vida que te marcan para siempre. Las cadenas que te unen con tus antepasados… no siempre fueron hechas con amor. 



Pues pobre niño, parece que su abuela no lo quería o lo quería, pero tenía a su consentida. Aunque insisto en que nada tiene que ver conmigo tampoco él… yo ni hermanos tuve. Y en mi infancia fui muy feliz en el colegio, al menos eso es lo que recuerdo.

- Te repito que no es tu historia la que te estoy contando, tu historia la cuentas tú a partir de tu propia apreciación y vas escribiéndola basándote en tus creencias, lo malo es que parece que escribes siempre lo mismo una y otra vez.

- Si te refieres a mis fracasos sentimentales quizá tengas razón, ¡Pero yo no tengo la culpa de encontrarme siempre con el mismo tipo de hombres!

- Otra vez la palabra culpa, parece que la llevas muy adentro de ti.

- Sí, pero quizá no escuchaste bien cuando dije: ¡Yo no tengo la culpa!

- Entonces estas muy consciente de que la culpa la tienen los demás. En este caso Pedro.

- ¡Pues la verdad sí!

- ¿Y no te gustaría en vez de tener la razón, romper con esa “maldición” que parece perseguirte?

- Para ser franca sí. Y lo dijiste muy bien, parece una maldición… ya lo había pensado antes.

- Son esas maldiciones de las que te hablé al principio, y aunque no siempre se generan en la familia… así pasa por lo general.

- Entonces lo que tú quieres es que yo descubra en mi pasado algo que me dañó, y que admita que soy la culpable de lo que me pasa, ¿Cierto?

- Lo que yo pretendo Alejandra, primero es que aprendas a escuchar para comprender y no para contestar. Y que te abras a la posibilidad de dejar entrar a tu mente nuevas ideas, en las que quizá no tendrás razón o notarás que estabas equivocada. Tal vez sean él camino a una vida más plena y feliz. Y segundo que cambies de una vez por todas la palabra culpa por responsable.

- Pero es que por más que lo pienso no encuentro como justificar a un hombre malo, déspota y grosero como Pedro.

- Tu mente puede llegar a ser necia y muy propensa al autoengaño. Nuestra conversación interior es casi siempre sustentada por la realidad que creamos… y pocas veces por la implacable verdad exterior.

La mente es astuta, a veces incontrolable. No se calla nunca y busca sobrevivir aun valiéndose de pensamientos irracionales que te atrapan y te llevan inevitablemente a una espiral descendente de profecías cumplidas… donde el profeta eres tú. ¿Por qué preferimos mantenernos atados a la irracionalidad que nos lleva a la autodestrucción? ¿Será tan valioso tener la razón?

- ¡Vaya! Ahora hasta profeta resulté ser.

- Es una manera de decirlo, yo me refiero a los cuentos que uno se cuenta y luego hace inconscientemente todo lo posible para validarlos.

- ¿Y cómo qué tipo de cuentos son los que uno se cuenta papá?



- Cada uno, como ya te dije, tiene su propia historia. Los niños de los que te hablo, por ejemplo: vivieron en su infancia eventos traumáticos que dejaron huella en su mente y en sus corazones.

Desde entonces su vida cambió, pues se crearon un “cuento,” por así decirlo, sobre sí mismos. Y cada vez que tuvieron la oportunidad de validar ese cuento, lo hicieron inconscientemente y así fueron por la vida generando situaciones o personas que al final siempre hacían lo que ellos esperaban. Somos profetas de nuestro propio futuro, ¡Porque lo creamos! Consciente o inconscientemente.

- Explícate bien, no alcanzo a entender eso de los cuentos.

- Te daré un ejemplo: una mujer que piensa que todos los hombres son igual de infieles, se porta desconfiada y celosa con su pareja, anticipándose al inevitable engaño.

Él ante sus celos y reclamos se aleja y decide que, si de todos modos no confiará en él y lo tachara de infiel, da igual serlo o no serlo. Entonces es cuando ella dice: ¡Lo sabía! Todos los hombres son iguales. Cuando en realidad jamás le dio la confianza, dejándolo en una situación en la ya no tenía nada que perder.

O esa mujer se busca inconscientemente un hombre que evidentemente es un mujeriego… para luego decir que tenía razón, que todos son iguales.

- ¡Pues que tonta!

- Por eso dije: inconscientemente. Esa mujer se está contando el cuento de que los hombres son todos infieles por algo que vivió de pequeña y dejó huella en ella, por ejemplo, la infidelidad de su papá.

- No estoy tan convencida.

- O piensas que a alguien no le agradas en tu trabajo y sin más ni más, te portas seca y distante con esa persona. Según tú no le caes bien, al ver tu actitud se vuelve indiferente y entonces dices, como siempre en tu vida: desde un principio supe que no le agradaba.

- Y el cuento sería que a la gente no le agrado-

- ¡Exacto! Y ese cuento algún día lo sembraron en ti. Seguramente te rechazó de niña alguien importante en tu vida, y desde entonces vas generando el rechazo de personas que quizá jamás te hubieran rechazado… o vas buscando gente que de seguro te rechazará.

- Ya empiezo a entender, y en el fondo lo que queremos es tener la razón.

- La razón la queremos tener siempre, en el fondo o en la superficie. El verdadero problema es que no nos damos cuenta de que nosotros generamos todo lo que nos pasa para validar un cuento que ni siquiera sabemos que existe… no lo recordamos.

Seguimos nuestra vida sin detenernos a pensar, ¿Qué es lo que está mal en nosotros? Cuando vemos las cosas desde un punto de vista responsable, no nos vuelven a suceder. En cambio, si decidimos ser víctimas nos pasa lo mismo una y otra vez… porque así lo estamos generando.

- Creo que ya te entendí. Si por ejemplo no pensaras que a la gente no le agradas, no serias seco o distante, y por ende no generarías su indiferencia para validar tu cuento. O si no creyeras que los hombres son infieles, al encontrar a uno que a todas leguas se ve que es un cabrón… no te relacionarías sentimentalmente con él.

- Precisamente, eso es lo te quiero enseñar.

- Pero si no soy consciente de lo que género, ¿Cómo puedo evitarlo?

- ¡Haciendo conciencia! Aunque no te guste, confrontarte es un proceso molesto y doloroso… pero al final siempre te lleva a la liberación.

- Híjole papá, creo que platicar contigo si me está sirviendo. Empiezo a abrirme a la posibilidad de que tal vez yo soy en parte responsable de algunas cosas.

- Bueno, ese un buen comienzo.

- Y Regina, la niña de la historia, sus hermanos murieron de difteria, ella hizo lo que pudo, no tenía por qué sentirse culpable.

- Nunca dije que se sintiera culpable, lo que pasa es que no te he contado lo que pasó después.

- ¡Pues cuéntame!

- Te cuento.

- Pero primero dime ¿Por qué no te quitas esos lentes tan obscuros

- Por qué no tolero la luz, es demasiado brillante. Me entenderías si hubieras bebido tanto como yo. 

 La hacienda del grito, (así le llamaban en el pueblo desde aquella fatídica noche) jamás volvió a ser la misma. No había más gritos de niños jugando ni risitas traviesas.

Doña Teresa nunca abandonó su luto, pidió que dejaran la habitación de sus difuntos hijos tal como estaba. Solamente ella entraba cada cierto tiempo a limpiar un poco.

Don Emiliano se perdió en la bebida. Nunca le pidió perdón a nadie por no haber llevado al doctor a tiempo. Pero jamás se perdonó y fue matándose con las borracheras lentamente.

La nana Evangelina era la única que veía por Regina, pero estaba ya muy vieja, un día se quedó ciega y murió un año después.

Lupita, la hermana de Regina, cuando murió su nana tenía once años, y Regina diez recién cumplidos. Algunos meses después, don Emiliano se fue de la casa para nunca volver. Diez años más tarde le avisaron a doña Teresa que su marido había muerto de cirrosis y en la miseria.

El día que don Emiliano se fue de la Hacienda, Regina se sintió todavía más sola, quería mucho a su papá, y él a ella. Siempre que lo veía corría a sus brazos y lo llenaba de besos; por lo general estaba ebrio, pero ella así lo amaba. Y cuando lloraba por sus hijos lo consolaba y al final él siempre le decía: cuanto te quiero hijita, eres como un Ángel que me mandó Dios… y la abrazaba.

Regina estaba acostumbrada a que cuando su papá bebía, en ocasiones se iba de la casa hasta por dos semanas, y siempre regresaba flaco, ojeroso y triste, pero volvía.

Los pocos momentos felices de Regina eran cuando su papá estaba sobrio y en casa. Aunque no le duraba el gusto más que algunos días, ella se sentía querida y protegida por él.

Lamentablemente para Regina, un día don Emiliano se fue y ya no volvió. Durante meses lo esperó en la vereda de las rosas; los domingos cuando iban a misa en vez de confesarse salía corriendo, cruzaba la plaza y preguntaba en la cantina si alguien lo había visto. La respuesta siempre fue la misma: no niña Regina, decía el cantinero… hace mucho que tu papá no viene por aquí.

La relación que tenía su hermana Lupita con su mamá era mucho más estrecha que la de Regina, desde aquella noche en la que murieron sus hermanos, doña Teresa se volvió más apegada a Lupita. Tal vez porque luchó a su lado por salvar a sus hermanos, quizá porque lloró con ella de desesperación; o simplemente porque estaba convencida de que Regina pudo haber hecho más y no lo hizo. Se tardó demasiado, pensaba a veces doña Teresa… y volteaba a ver a Regina con coraje.

A don Emiliano no le volvió a hablar, el día que enterró a sus hijos se acercó a él y le dijo: tú para mí también estas muerto, esas fueron las últimas palabras que le dirigió.

Antes de la tragedia Regina era una niña muy alegre… y bonita también. Tenía un cabello negro y ondulado que hacía resaltar sus grandes ojos color miel, su piel era blanca como porcelana y siempre andaba con trenzas; su nariz respingada y labios rojos la hacían ver como una muñeca antigua. En el pueblo le decían la bonita, era también alta y delgada… parecía una princesita de cuento de hadas.

Siempre estaba corriendo y jugando con sus hermanos, en la escuela era la más aplicada y todos la querían mucho. En general Regina fue una niña ejemplar pero después de la muerte de sus hermanos y la partida de su padre no volvió a ser la misma de antes, en sus ojos se podía ver tristeza.

Pero sobre todo ella sentía angustia. Le tenía miedo a su madre. La veía cada vez más rara, ausente; algunas noches la escuchaba llorar y quería correr a abrazarla, pero las veces que lo intentó doña teresa la rechazaba, ¡Suéltame! Le decía, no tengo nada.

En cambio, cuando Lupita la consolaba… siempre encontraba a su madre con los brazos abiertos. Aquello le dolía enormemente a Regina, no podía adivinar porque su mamá ya no la quería.

Doña Teresa estaba tan deprimida que empezó a perder la razón. Nunca logró superar la muerte de sus hijos, y en el fondo le guardaba un rencor irracional a Regina. Le dolía su alegría, le molestaban sus juegos, pues le recordaban a sus hijos y también a don Emiliano… a quien odiaba con todo su corazón.

Una mañana de verano Regina salió sola a jugar al campo, su hermana Lupita casi nunca quería jugar con ella, prefería quedarse en casa leyendo o ayudando a su mamá en las tareas del hogar.

Regina había pasado más de tres días sin salir de casa. El temporal de lluvias estaba en pleno apogeo y por fin ese día había salido el sol, el cielo empezaba a despejarse.

Regina se adentró entre los maizales imaginando que encontraría un conejo blanco que la llevaría hasta un país maravilloso donde tendría muchos amigos. Desde el día en que leyó el cuento de Alicia en el País de las maravillas, soñaba con que le sucediera a ella algo similar.


Download this book for your ebook reader.
(Pages 1-29 show above.)