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El campo de las estrellas

En el camino de la vida



DANTE GARCIA

Ilustración de la cubierta: Marina Dyadkova


El campo de las estrellas

Versión en español

Segunda edición: octubre de 2017


www.campodelasestrellas.com


© 2017 Dante García. Todos los derechos reservados. Queda prohibida, bajo la sanción establecida por las leyes, la reproducción total o parcial de la obra sin la autorización escrita de los titulares del copyright.

Dedicatoria

Al Creador y a mis padres, mis creadores.

Y a todo ser que se cruza en mi camino.

Gracias.



Índice





Prólogo

El origen

Saint-Jean-Pied-de-Port

La verdadera riqueza

Una pausa en el Camino

Altos del Perdón

Dharma

Bernardo

El arte del silencio

El Cierzo

Una tormenta

El encuentro

El arte de fluir

Árbol solitario

El reencuentro

Árboles en grupo

El canal

El hechicero

Non Nobis

En el más allá

El milagro de O’Cebreiro

El conjuro

Muchas gracias

Sobre el autor

Prólogo

El campo de las estrellas es mi manera de dar las gracias a la vida. Con esta obra pretendo servir de inspiración para peregrinar a Santiago de Compostela y también invitarte a la reflexión leyendo una historia inspiradora y llena de magia...

Se trata de una historia basada en experiencias reales y simbólicas del «camino del amor» que a todos nos toca recorrer. No pretende ser una guía de turismo, ni histórica, ni de aventuras, a pesar de mencionarse algunos de estos hechos.

También me gustaría expresar mi agradecimiento por partida doble: en primer lugar, por haber tenido la posibilidad de peregrinar y plasmar mis experiencias en esta obra; y en segundo lugar, por poder crear un vínculo contigo a través de la lectura del libro.

Escribí el libro mientras hacía el Camino de Santiago por lo que tanto la idea general como el espíritu del libro quedaron definidos durante mi peregrinaje. Sin embargo, algunas cuestiones de organización y forma se concretaron en etapas subsiguientes donde, de alguna manera, procuré encontrar un equilibrio entre un haiku breve japonés y una novela larga, intentando transmitir inspiración y energía positiva independientemente de la cantidad y calidad de mis palabras. Confieso que nunca me ha resultado fácil escribir y aunque en esta ocasión, no me resultó excesivamente complicado plasmar mis ideas, esta obra no habría visto la luz sin muchas horas de dedicación y entrega incondicional.

Espero que esta pequeña historia sirva para la reflexión y que disfrutes con la lectura tanto como yo he disfrutado con la redacción.

Dante García

El origen

Mi objetivo era conocer la India. Era un paraíso, un país de ensueño completamente diferente a todo lo que había conocido hasta ese momento. Mejor dicho, una ilusión, porque había visto incontables imágenes y videos, y había escuchado infinidad de comentarios acerca de ese país tan mágico que aún no había tenido la oportunidad de visitar. Y también, porque era uno de los centros mundiales de la espiritualidad. Había estudiado algunos métodos de meditación y había leído algunos libros que me parecían realmente increíbles. Me transportaban a un mundo surreal e imaginario, donde el tiempo y el espacio eran infinitos, a destinos divinos jamás explorados. Y para mí, un viaje a la India era un paso vital necesario para el desarrollo de ese viaje interior. No se trataba de ser o no ser valiente, de lanzarse e ir a por todas o abandonar la idea del viaje. Más bien, lo que ocurría era que dudaba de los beneficios que obtendría al embarcarme en semejante aventura. Y en el edificio que labraba en aquel momento, mi objetivo más importante era conocerme a mí mismo, así, de esa manera. Lo que realmente pretendía era lograr esa meta utópica que significaría alcanzar la plenitud, aunque quizá a ojos de los demás nada hubiera cambiado sustancialmente.

Lo que quería era transformar mis responsabilidades habituales impostergables e ineludibles y convertirlas en prorrogables, aun sabiendo que tendría que enfrentarme a muchos conocidos que intentaban decirme lo que era correcto y lo que no. Confieso que esto me producía más turbulencias que claridad, puesto que sus ideas diferían sustancialmente de las mías y, sobre todo, porque otorgaba cierto poder a sus opiniones, especialmente a las de mi círculo más próximo. Tenía un trabajo agradable, una pareja perfecta, amistades que llenaban el tiempo con oro, todo encajaba perfectamente en el telar de mi vida. Y de repente, esa red perfectamente encastrada se vio amenazada por una chispa novedosa y revolucionaria. Parecía que incluso el Universo estaba empeñado en no dar permiso a mi osadía, porque el pasaporte que tenía que estar listo en tan solo una semana ya llevaba meses de retraso por problemas administrativos.

Era una corazonada que algunos llamaban entusiasmo y otros crisis de los cuarenta. No importaba mucho cómo lo llamáramos, era una sensación que recorría mi cuerpo y, mágicamente, por alguna extraña razón tenía la capacidad de percibirla, algo que jamás me había ocurrido antes. Y honestamente, dejar de vivir aquella desafiante oportunidad que la vida me estaba poniendo en bandeja no era la mejor alternativa. Sentía que, por vivirlo desde el corazón, mi iniciativa no tenía errores y que mis sentimientos eran auténticos.

Solo Dios sabe por qué, pero cuando llegó el momento de tomar una decisión y pasar a la acción, mi voto valía por cien. Como si fuera el dueño de un bien codiciado que puede fijar el precio que se le antoje. Sin embargo, ese precio era hasta ese momento ficticio, ya que aún debía concretar la transacción. Y esa operación se transformó en mi nuevo campo de batalla. Hacer clic en la tecla de intro del teclado de la computadora para comprar el billete de avión no fue algo tan sencillo, y desde luego puedo decir que no tuve la fluidez que tendría un mecanógrafo escribiendo de memoria una carta de cortesía. Surfeando por la web, encontré un vuelo que me interesaba para viajar dentro de tres meses y que hacía escala en Londres. Por fin había dado el puntapié inicial de un partido desconocido... Por razones nuevamente mágicas al final no había comprado el billete a la India, tan solo un billete hasta Londres y mi idea era viajar desde allí como fuera —por tierra, mar o aire— para acercarme a Oriente.

Los meses transcurrían en mi ciudad de residencia mientras continuaba haciendo vida normal. Hasta que una noche, mientras bebíamos unas cervezas con unos amigos en un pub y conversábamos sobre nuestros planes para el futuro, uno de mis amigos me comentó: “¿Por qué no haces el Camino de Santiago?” Me sorprendió su propuesta, pero también me pareció una idea viable. No entraba en mis planes, y no conocía nada sobre ese peregrinaje. Solo había oído hablar de él, nada más. Pero dejarme llevar por la corriente de la vida y asombrarme por semejantes obsequios me parecía algo realmente genuino. La idea de hacer un peregrinaje me llenaba de curiosidad y entusiasmo, y, además, mantenía mi propósito. Después de todo, no era necesario viajar hasta la India para encontrar lo que estaba buscando, sabía que en el destino no estaba la respuesta a mis preguntas, por lo que el Camino de Santiago era una alternativa igualmente válida y el viaje a la India podía ser pospuesto. Y saqué un billete de avión hasta Biarritz, Francia, una ciudad muy cerca del punto de inicio del clásico Camino de Santiago.

Y así fue como destiné las semanas siguientes a buscar información sobre el significado del Camino de Santiago. Eran alrededor de ochocientos kilómetros de peregrinaje que se podían recorrer a pie, a caballo o en bicicleta a lo largo de un camino milenario con el fin de venerar las reliquias del apóstol Santiago el Mayor que había evangelizado en la península ibérica y cuyos restos, según la leyenda, se encontraban en la ciudad de Santiago de Compostela. Durante el siglo IX comenzaron a llegar peregrinos desde distintas partes del mundo y los caminos a Jerusalén, Roma y Santiago se convirtieron en rutas importantes de peregrinación que otorgaban indulgencias a todos aquellos que concluyeran el peregrinaje con éxito. Me enteré más tarde de que había diferentes rutas para llegar a Santiago, desde todas direcciones y que la ruta que yo había elegido era la clásica, también conocida como Camino Francés. Quería transitarla a pie, porque pensaba que esa velocidad era la más apropiada para trabajar hacia adentro. Además, había comunicado mi deseo de renunciar a mi puesto de trabajo y anticipaba una intensa dicha por disponer de un mes entero para conseguir mi objetivo y sentirme físicamente apto para emprender el peregrinaje. Así que, como tenía experiencia en senderismo, preparé mi mochila con determinación y sin dudar mucho.

Unos días antes de mi partida, tuve la suerte de encontrarme por casualidad con Juana, una hermana que me enseñó poemas de amor en un retiro en las afueras de la ciudad. Era una persona llena de luz que a pesar de su avanzada edad aún estaba llena de energía y continuaba regalando auténtica bondad a todo el que la necesitara. La conocí no por referencias, sino más bien por error, pero había una inexplicable química que me unía a ella.

Ella fue la que un día me enseñó a visualizar la luz violeta, una luz que todo lo cura y que nos invita a cocrear en comunión con Dios. Esa visualización fue tan potente que hasta el agua caliente de la tina del baño de esa noche adquirió un intenso color violeta. No tenía una explicación razonable para lo que había ocurrido.

— ¡Ah! ¡La llama violeta!, murmuró y siguió diciendo:

— Ten una visión, encuentra aquello en lo que crees. Si no lo consigues, continúa y continúa andando. Mantén tu fe, que con ella uno nunca se pierde. Concéntrate en lo que buscas y quita de tu camino la basura que no te sirve. Ten presente que la dualidad se manifiesta a cada instante, ¡sé sabio! Recuerda que todo esto es solo un sueño, ¡vívelo con dedicación y gratitud!

Colgó de mi cuello una medalla benedictina bendecida en Roma y me dijo:

— ¡Bendiciones!

Saint-Jean-Pied-de-Port

Saint-Jean-Pied-de-Port era una ciudad típica de los Pirineos vascos franceses y el punto tradicional de inicio del llamado Camino Francés. Llegué allí tras visitar durante unos días la ciudad de Londres.

Sin mayor preocupación que disfrutar de cada instante, me encontraba sereno, al tiempo que veía un desafío por delante. No se trataba de una aventura, ni siquiera de una prueba de esfuerzo, y mucho menos de una demostración de logros. Ya había vivido numerosas experiencias parecidas y lo que importaba aquí era el viaje interior, aunque también hubiera aventura y metas por cumplir.

A mi llegada conocí a Beatrice, quien me ayudaría con los preparativos y quien me llevaría hasta el portal de inicio del mítico Camino de Santiago. El día anterior a mi partida, Beatrice me presentó a un sabio, Gurutz, que trabajaba de cocinero para la comunidad vasca que se reunía cada año a primeros de octubre para honrar a la Madre Tierra en la plaza principal. Era un individuo de corta estatura, magro y fibroso, despeinado, con la cara arrugada y quemada por trabajar bajo el sol. De aspecto bruto, llevaba la camisa arremangada con los botones superiores desabrochados y pantalones holgados. Me ofrecí a servir junto a él en la cocina improvisada para la celebración. Era un hombre estricto y firme. Y repetía una y otra vez:

— ¡Tú no sabes nada!

Yo permanecía en silencio y me limitaba a cumplir sus órdenes en la cocina. Sentía que me daba más afecto que mandatos. Sus palabras me hacían volver a la infancia, me empujaban a dejar de saberlo todo, a sentir curiosidad por la vida, a no tener expectativas, a redescubrir inocentemente el mundo. Y a olvidar todo lo que era. O mejor dicho, todo lo que aparentaba ser.

Al terminar ese día de servicio, dijo que era el dueño de una posada a escasos metros del principio del Camino y que me esperaría con un espresso para compartir. Se confirmó mi primera impresión, que era una persona bondadosa a pesar de tener un aspecto aparentemente insensible y ermitaño.

Esa misma tarde, Beatrice me llevó a ver a una bruja originaria de Brasil, con quien nos sentamos para meditar. Nos alejamos un poco del bullicio de la plaza central hasta que encontramos un banco en un parque retirado donde pudimos disfrutar del sosiego y la tranquilidad que andábamos buscando. Vestía como una persona ordinaria, no tenía talismanes ni llevaba hábitos especiales. Se dio cuenta de que había llevado anillo hasta no hacía mucho y dijo que su forma redonda simbolizaba la eternidad y una alianza con el Universo. Para mí era un tema especialmente doloroso porque mi pareja y yo habíamos acordado de palabra —aunque no de espíritu— terminar nuestra relación. Añadió que era solo un símbolo y que el amor llegaba más lejos. Luego me pidió que cerrase los ojos y comenzó con el ritual. Puso sus manos en mi coronilla y aunque hablaba un lenguaje incomprensible me dejaba llevar porque me inspiraba confianza. Luego comentó que veía luz y que llegaría a Santiago de Compostela sin problemas. Por último, besó mi frente y me bendijo, y me dijo que a partir de ese momento yo también podría realizar el ritual con otras personas.

Esa noche dormí relajadamente, no recuerdo qué sueños tuve, pero sí recuerdo que se apoderó de mí una increíble sensación de bienestar. Al día siguiente, disfruté de un desayuno frugal con café, tostadas, mantequilla y jalea casera mientras observaba el frondoso paisaje a través de la ventana de la cocina y disfrutaba de un bellísimo amanecer. Después, nos dirigimos junto con Beatrice a la oficina del peregrino. Una señora que parecía muy ocupada me entregó la credencial del peregrino para que pudiera sellarla en las posadas del Camino y su asistente, Jean-Pierre, un joven sonriente y de muy buen aspecto, me regaló una vieira o conchilla de peregrino, que era el modo tradicional de certificar que el peregrino había arribado a las costas gallegas. Comentó que se dedicaba a tocar el piano en la iglesia de Bayona, y que acompañaba con su música la despedida de los difuntos mientras estos emprendían otro camino, el de la eternidad.

Ya estaba listo para la partida. Quise tener un detalle con Beatrice y le regalé una torta. Era el día de su cumpleaños y ambos recibimos el regalo de la presencia. Después de cruzar el puente de la calle principal, Beatrice puso una piedra simbólica en mi mochila, escribió en un papel una plegaria y me la entregó para que la llevase conmigo hasta la tumba del apóstol Santiago. Y así fue como nos despedimos en la Porte d'Espagne.

La verdadera riqueza

Como todo inicio excitante de un nuevo ciclo en la vida, el ascenso a través de los Pirineos fue muy cuesta arriba, yo tenía curiosidad por descubrir nuevos lugares y saber por qué tantos peregrinos querían hacer este viaje. Cuando llegué a la primera cima del Camino, encontré la posada de Gurutz, pero él estaba ocupado atendiendo a sus huéspedes. Me di cuenta de que estaba sirviendo abundante café de filtro a sus huéspedes como desayuno. Sin embargo, en cuanto me vio abandonó rápidamente lo que estaba haciendo, preparó un espresso y se sentó conmigo, lo que me hizo sentir como un privilegiado. Me comentó que había elegido ese sitio para construir un refugio para él y su familia, y también para ofrecer refugio a los peregrinos.

Cuando volví a caminar recordé lo que me había aconsejado Juana, eliminar todo lo que ocupaba mi mente que no me permitía dedicarme a mi camino. Mis títulos y logros no eran para mí motivo de orgullo, sino más bien una herramienta adquirida, me había dado cuenta de que me había autoimpuesto una etiqueta y de que el ceñirme a ese rol autoimpuesto no me permitía cumplir determinados sueños. Me había llevado un libro digital para la lectura en el retiro y me faltaba poco para terminarlo. A pesar de no ocupar espacio en mi mochila, decidí posponerlo. Y es que no me parecía necesario llevar objetos para conectar con la divinidad, sino que sentía que lo que necesitaba era ahondar fértilmente en mi propia historia. Como no se trataba de unas vacaciones típicas ni de turismo de aventuras, sino de un encuentro con mi Ser superior, no precisaba más que la presencia de mí mismo. Recordaba la lección del maestro cuando explicaba a sus discípulos lo que lo hacía un maestro: cuando comía, comía; cuando dormía, dormía… y por eso decidí dejar la lectura para el futuro. Divisé a un lado de la calle un contenedor para donar ropa, y lo utilicé para librarme de los kilos que llevaba de más y ayudar a la gente que pudiera necesitarla. Beatrice me había explicado que una de las reglas no escritas era cargar a la espalda no más del diez por ciento del peso.

Me sentía flotando en el aire, sin ningún compromiso más que el noble acercamiento a mí mismo, viviendo en un sueño que podía apreciar con mis propios ojos. Lo que veía con mis ojos abiertos era lo mismo que veía cuando los cerraba y soñaba. Tanto lo que quería como lo que tenía estaba ahí, delante de mí. Caminaba más ligero, sin tantos kilos en la mochila y sin la ropa de abrigo que no había utilizado y que había decidido llevar solo por si acaso. Mi voz interior me pedía dedicarme de lleno al Camino, y me aseguraba que Él se encargaría de que tuviera todo lo que necesitara. Y esa voz aún me daba más alivio y confianza. Todas mis preocupaciones se disipaban, todas mis incógnitas desaparecían. Sólo existía ese momento presente, intenso y único.

El paisaje era como el de un cuento de hadas. El sol brillaba radiante y teñía el paisaje otoñal de las praderas con distintas tonalidades de verde, y los rebaños de ovejas que se veían por doquier parecían constelaciones dispersas por azar en el Universo. Cerca había también vigorosos y tornasolados caballos de raza que pastaban en parejas.

En mi opinión, el mes de octubre tenía algunas ventajas con respecto a otras épocas del año. Por un lado, no tenía que aguantar el calor sofocante del verano que hacía que la travesía fuera más ardua, aunque no imposible. Y por otra parte, podía disfrutar de un maravilloso silencio por llevar a cabo el peregrinaje fuera del periodo vacacional, cuando mucha gente escogía el Camino como destino turístico. Y precisamente por eso disfrutaba de las condiciones más favorables para el encuentro personal. Divisé a lo lejos entre la neblina de los montes vascos una figura a unos cientos de metros delante de mí. Andaba a paso más lento que en la ciudad y, sin embargo, pude darle alcance en el siguiente punto de interés, una cruz en lo alto de una colina. Se llamaba Michelle y tenía un algo realmente especial. Era encantadora, tenía un aspecto juvenil y grandes rizos dorados y ojos color miel que parecían expresar inocencia. Su voz era refinada y angelical, y hablaba de forma lenta y pausada. Casi sin querer y sin hablarlo, comenzamos a caminar juntos.

En lo profundo del bosque de los Pirineos se respiraba un aire espeso cargado de bruma. Sentía cómo ese aire llegaba a mí y me inundaba, cómo mi cuerpo experimentaba de repente un cambio drástico por recibir un preciado obsequio de la naturaleza. Percibía el olor de la hierba húmeda y escuchaba el sonido de mis pisadas sobre las hojas secas caídas de los árboles. Las numerosas señales con flechas que encontrábamos a lo largo de los estrechos senderos rodeados de densa vegetación se encargaban de que no nos perdiéramos.

De repente, nos detuvimos frente a un geranio silvestre de un intenso color violeta. Era una maravilla de la naturaleza, una manifestación sublime del mundo vegetal. Así que aparte de observarlo, comencé a deleitarme con su aroma. Era consciente de que el olfato, un sentido en vías de extinción, era el más importante en ese momento; o mejor dicho, el segundo más importante porque existía otro sentido aún más dormido que estaba emergiendo poco a poco. Después, tomé un fruto de un manzano que estaba enfrente y lo puse en mi mochila.

Desde el sitio donde nos encontrábamos, en lo alto de los Pirineos, la vista se deleitaba con los picos nevados de los alrededores y con los bosques de robles y hayas del valle, y cuando descendimos nos encontramos con un frondoso paisaje repleto de líquenes, prueba de la asombrosa pureza del aire que respirábamos.

Con la llegada del atardecer el paisaje cambió por completo. No se veía nada más allá de unos metros y el sol comenzaba a ocultarse detrás de una espesa cortina gris de niebla. La temperatura había bajado bastante y nos vimos sorprendidos por una fina lluvia. Encontramos un refugio construido con piedras para que descansaran los peregrinos y allí nos cobijamos durante un rato, así tuve tiempo para saborear la manzana que el árbol me había regalado. Encontramos allí otros peregrinos y nos sentamos con ellos intercambiando sonrisas cómplices por la belleza de ese albergue surgido de la nada.

Como en todo camino, el viaje debía continuar y el ímpetu y el entusiasmo no permitían que se interpusieran dudas ni obstáculos en nuestro camino. Al atravesar el monolito de Navarra me di cuenta de que había cruzado a España. Pensaba que lo que el mapa me mostraba como un país diferente, la naturaleza me lo presentaba como un todo verdaderamente homogéneo.

Nuestra primera noche del Camino fue en Roncesvalles, a unos treinta kilómetros del Portal de Saint-Jean-Pied-de-Port. Allí entablé conversación con varios peregrinos y tuve la oportunidad de saber por qué se habían decidido a emprender el Camino. Para algunos se trataba de une prueba con la que querían demostrarse algo a sí mismos. Para otros era una aventura turística, otros lo hacían en nombre de familiares enfermos, y para otros se trataba de una búsqueda espiritual o religiosa. Todos tenían nobles razones para transitar el Camino. Fuera cual fuese el motivo, me di cuenta de que todos transitábamos el mismo camino a ritmos diferentes, y que todos vivíamos más o menos las mismas experiencias.

A la mañana siguiente me sentía pleno, a pesar de mi cansancio físico. Mientras pintaba un cuadro, Michelle me entregó un pequeño apósito para que lo utilizara en caso de tener ampollas o como prevención ante el menor indicio de aparición. También comentó que se dedicaba a la pintura.

Mientras transitábamos el bosque de Sorginaritzaga, Michelle me contó que en ese sitio se perseguía a herejes y participantes en aquelarres, suprimiendo su libertad de expresión. Se consideraba que todos aquellos que utilizaban sabidurías ancestrales o recurrían a prácticas diferentes no convencionales eran quebrantadores del orden y, en consecuencia, eran condenados por la autoridad. También comentó que creía que en la actualidad estábamos dando forma a un nuevo mundo en el que se empezaban a quebrar esos paradigmas que hemos arrastrado durante tanto tiempo.


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