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MUERTO DE

VERGÜENZA

Odisea de un fóbico social








EDUARDO ROD































Título: Muerto De Vergüenza

Subtitulo: Odisea de un fóbico social

Copyright © 2016 EDUARDO ROD

Registro De Propiedad

Intelectual Chile n° 269.804

Imágen De Portada: Lolostock

All rights reserved














A mi madre por haberme sostenido siempre.

A mi padre por apoyarme aun sin comprenderme.

A mis hermanos por haber creído siempre en mí.

A mis amigos por no haberme dejado solo.

A Dios por darme el coraje de no abandonar

mi lucha aun cuando estuve vencido



ÍNDICE


PRÓLOGO

Novela testimonial que transcurre entre superchería, ilusiones, sueños y rechazos. Sus palabras simples atrapan al lector desde el fondo del relato personal del autor, el cual con mirada lozana narra su búsqueda (in) franqueable de la cura, la cual es merced de pocos. Resalta la pregunta de quizás si en aquella búsqueda, la cual parece simple, el protagonista yerra en pensar que otros (dadores de sueños) pueden otorgar la necesaria sanación para continuar el camino. ¿Existe algún sueño que encierre alguna felicidad? Me he preguntado muchas veces. Aquella respuesta abierta nos es más que una pequeña verdad, la cual por medio de nuestros presentes actos frenéticos, encierran un mañana de bienestar. A medio andar por la páginas de “MUERTO DE VERGÜENZA”, el lector podría quizás no comprender cómo un muchacho noble se entremezcle con charlatanes de la fe, los cuales otorgan sanaciones punitarias e irracionales, al arbitrio de un ser desesperado el cual desde el inicio del relato lo manifiesta expresamente, sin tapujos, enmarcando el contexto de la novela. Podríamos decir que el encanto del relato es bastante usual en las novelas de hoy, sin embargo, doy certeza de aquello, ya que el autor es parte de mi experiencia de vida a quien conozco desde pequeño, y el cual con el transcurrir de los años siempre ha estado presente, hasta el día de hoy. Hay cierta magia ilógica, presencia tácita que algunos entenderían al conocer la vida del autor, y quizás base lógica de la razón de mi argumento, pensar que un ser atormentado pudiera transmitir un bienestar modelado por la vergüenza, y peculiar que lo enmascarara en una depresión de juventud que lacera, que es parte del boleto del viaje de la vida de todo buen ciudadano postmoderno.

Enfrascados en el olvido se encuentran muchas vivencias quizás más atractivas en el camino que Rod desecha de plano y no incorpora en la novela. A mi parecer el fermento de aquellas historias son aún más mágicas. Es responsabilidad del autor quizás centrarse en el origen del testimonio y evocar a pitonisas del desastre, magos sin varas, sicólogos televisivos, terapeutas del desencanto, profesionales de la ilusión, los nobles amigos de toda una vida y personajes del seno familiar.

Desde la amistad nace este prólogo de la novela que surge como concreto acto de dar testimonio de una vivencia que fue marcada por el destino, la cual a razón de esfuerzo y quizás terapia, ahora es papel, novela y merecida sanación.



UMANZOR, Noviembre 2016



ERITROFOBIA

Tenía solo 7 años de edad cuando por primera vez oí aquella voz dentro de mi cabeza, mi madre me jalaba de la mano fuertemente para que me apurara a cruzar la calle y poder llegar a tiempo a la misa de 7 de la tarde a la que acudíamos cada sábado en la ciudad de Penco. “…Cuando seas grande serás importante para mucha gente” dijo la celestial y paternal voz que retumbó en mi mente aquella tarde. Después de aquella vez nunca más volví a oír esa voz sino hasta el día en que estuve a punto de morir por tercera vez a mis 35 años de edad. Tres veces estuve a punto de morir a lo largo de mi vida, y si aún sigo aquí es porque algún extraño designio quiso que así fuese, aquella muerte física que nunca llegó me habría dado el descanso que tanto busqué, ya que de todas formas estuve muerto en vida durante 24 años, muerto de vergüenza.

…Y así es como comienza mi historia, era el primer año de una nueva década, era 1990 y me encontraba viviendo en la ciudad de Talca, pequeña ciudad cercana a Santiago de Chile.

Comenzaba el paso de niño a adolescente, y debo reconocer que a mis cortos 12 años de edad me consideraba una persona segura de sí misma, con gran personalidad y carisma, un niño fuera de lo común. Algo me hacía sentir distinto y a la vez mejor que el corriente de los niños, esa misma temprana convicción era la que a veces me llevaba a pensar en que yo llegaría muy lejos en la vida; que sería distinguido, reconocido y próspero. Esa extraña certeza de un futuro esplendoroso fue la misma que me llevó, aunque de manera discreta y sin hacerlo muy evidente, a mirar a otros a los que consideraba menos populares que yo, con un leve desdén.

Las vacaciones del verano de 1990 fueron inolvidables, a decir verdad fueron tan buenas que no me reintegré a mis deberes escolares sino hasta una semana después de ya comenzadas las clases. Creo que como muy pocas veces disfruté tanto de un periodo estival. Me hallaba de lo más relajado aun sin asistir a clases, como si tuviese fuero para incumplir con mi obligación académica, pues la verdad es que nada me hacía sospechar que una vez inserto en lo que sería mi último año de educación básica, comenzaría la peor de mis pesadillas.

Ya transcurría la segunda semana de Marzo, y valga la redundancia también la segunda semana de ajetreo estudiantil. Era día lunes y yo lucía impecable, mis zapatos negros brillaban tanto que casi podía reflejarme en ellos, y mi uniforme más que el de un escolar parecía el de un ejecutivo de Wall Street. Me sentía listo para volver a ver a mis compañeros de colegio y compartir con ellos todas esas aventuras que me habían sucedido durante casi tres meses de no haberlos visto. De seguro yo sería el centro de atención, pues supuse que ellos ya habrían agotado todas sus historias, y por lo tanto tendrían en mí a un nuevo relator de anécdotas veraniegas, además en mi condición de alumno popular ya me sentía habituado a ser una especie de atracción para mis compañeros, sobre todo a la hora de contar todo tipo de historias, puesto que éstas iban siempre bien mezcladas con un alto porcentaje de fantasía y exageración, por lo que de seguro no me sería muy difícil encantarlos.

Al llegar al patio del colegio aquella mañana, comencé a caminar entremedio de un pulular alborotado e incesante de niños, e intentando hacer contacto visual con alguna cara conocida, hasta que de pronto, mi rostro se pintó de sonrisa cuando reconocí a un grupo de mis habituales compañeros sentados en una vieja banca de madera color naranja, y esperando con rostros impávidos el timbre que indicaría el ingreso a clases aquella mañana.

─Hola muchachos ─les dije con tono amigable y eufórico─ ¡Regresé!

Recibí inmediatamente muestras de cariño de aquellos niños con los que había crecido y compartido aquel que había sido mi segundo hogar durante ya 7 años.

─Hola Eduardo ¿por qué tardaste tanto en volver a clases? Ya pensábamos que te habías cambiado de colegio ─dijo uno de ellos que luego se escondió entre el resto pensando que su comentario alteraría mi humor─

─No, no ─me apresuré a decir─ estuve en casa de unos tíos fuera de Talca, con unas primas que están muy guapas, por eso es que tardé una semana en reincorporarme a clases.

El pequeño grupo ya comenzaba a mirarme con una leve sonrisa dejando de lado sus caras de apatía y esperando a que yo prosiguiera con mi aún intermitente relato, por lo tanto inspiré prolongadamente para comenzar mi narración, pero cuando me disponía a iniciar la que pudo haber sido la mejor de mis historias, me vi interrumpido súbitamente por Farfán, uno de mis mejores compañeros y que se encontraba al final de la banca casi colgando de ésta.

─Te cambiaron de curso Eduardo ─señaló Farfán casi cayéndose de la banca repleta de intranquilos adolescentes─

─¿Qué? ─fue lo único que atiné a decir con un tono algo tembloroso, con cara atolondrada y reacia a creer semejante noticia─

─Así es ─añadieron otros dos compañeros al mismo tiempo casi disputándose la primicia─ La profesora jefe decidió no hacerse cargo este año de nuestro curso, pues señaló que se va a vivir con su hija a España, así que el director del colegio optó por la solución más simple, disolver nuestro grupo y repartirnos aleatoriamente entre los otros 6 cursos. Ya no volveremos más a ser compañeros Eduardo, ni mucho menos a graduarnos juntos, de hecho tú has quedado en el octavo “C”.

─Pero esa no es la más mala noticia para ti Eduardo ─añadió socarronamente Calderón, quien se autoproclamaba y me competía el primer lugar al más fanfarrón─ tendrás que acostumbrarte al abandono, pues te has quedado solo en tu nuevo curso, eso te pasa por haber llegado tarde una semana a clases. Espero hayan valido la pena tus vacaciones.

Hubo un silencio espantoso en mí cuando recibí tal noticia, como aventurando lo que se avecinaba, solo el estridente timbre que indicaba el comienzo de la jornada escolar me sacó del catatónico estado en el que me había quedado tras ser informado de semejante cambio. Los recuerdos de mi fabuloso verano, así como el deseo de lucirme con fantasiosas historias en casa de lindas primas se desvanecieron inmediatamente, y solo reaccioné al escuchar a algunos de esos niños que me alentaron a seguirlos. La verdad es que yo a esa altura solo obedecía aquellas tímidas indicaciones de mis compañeros casi por inercia y sin emitir comentario alguno.

─¡Ven con nosotros! ─dijeron los hermanos Muñoz─ te indicaremos donde está tu sala para que te integres a tu nuevo grupo.

Los días comenzaron a transcurrir en mi nuevo curso y las cosas no tardaron mucho tiempo en tomar un tinte engorroso para mí, pues nunca pude acomodarme ni mucho menos adaptarme a ese nuevo grupo. Quizás en gran parte fui yo el responsable, pues consideré que sería comenzar todo nuevamente de cero, ganarme una popularidad en ese curso, darles a conocer mi personalidad virtuosa, dotes de liderazgo innato y conseguir así la aceptación y por lo tanto obtener el lugar que yo sentía me correspondía. Pero la verdad es que preferí ni siquiera intentarlo, pues la competencia de fanfarrones allí era potente. Dejé así de lado radicalmente todo mi potencial, mi capacidad seductora y carismática, pasé de niño popular y distinguido deportista, como lo había sido en mi antiguo curso, a torpe y endeble adolescente. El cambio fue diametralmente opuesto y me encerré así en mi pequeña burbuja, casi no hablaba con nadie en ese curso, y solo vivía preocupado de mis materias y de que ese año terminara lo más rápido posible, después de todo era el último año en aquel colegio y luego de eso debería ingresar a la enseñanza media. Lamentablemente aquella proyección y tonto consuelo no me sirvió de mucho, pues tuve que soportar casi desde un principio en aquel lugar, un bullying psicológico que marcaría mi vida en silencio por más de dos décadas y me despojaría del mundo en el que me sentía seguro e importante para otros y para mí mismo.

Más temprano que tarde las cosas fueron empeorando, pero se transformaron en un desastre de proporciones cuando el matón de aquel curso decidió darme una paliza gratuita frente a todos los alumnos de la clase. Fue hasta ese entonces la peor de las vergüenzas que había sentido en mi vida, fue aquella la primera vez en que sentí como en cosa de segundos mis mejillas se tiñeron de rojo al instante en que las miradas y risas de los demás se clavaron inevitablemente en mi persona. Por primera vez en mi existencia me sentí humillado, aquel niño con el físico similar al de un boxeador en potencia decidió golpearme por la sencilla razón de que la niña más linda del curso, de la cual aquel bravucón siempre había estado enamorado sin ser correspondido, había comenzado a demostrar interés en algo más que mis buenas calificaciones.

Después de aquel día todo empeoró, comencé a sentirme como el idiota de turno en ese curso, y reconozco que terminó siendo así de esa manera, porque básicamente yo lo creía así, yo lo decreté y afirmé en mi mente.

“Ahora todos piensan que soy un cobarde, débil y frágil”, “Maldito curso” ─pensaba constantemente─, cada uno de sus alumnos sin excepción alguna, “Ojalá todos se mueran y dejen de cagarme la vida”.

─¿Qué tal tu nuevo curso Eduardo? ─preguntó durante un recreo mi amigo Farfán─

─No lo soporto, estos imbéciles me tratan como a un don nadie.

─¿Por qué no hablas con tus padres para ver si pueden hacer algo?

─Olvídalo, debo solucionarlo yo solo, no me gusta actuar como niñita ante ellos. Voy a hablarlo directamente con la profesora y le haré saber que su curso huele a ratón de muelle.

¡Tengo una idea! ─exclamó Farfán─ Un par de semanas atrás en que me desmayé por una baja en mi azúcar, me llevaron a la cruz roja del colegio. Mientras estaba ahí fingiendo dormir para no volver a clases, oí al paramédico decir que tenía un amorío adúltero con tu profesora, y que ésta le había contagiado una enfermedad aérea. Quizás sería buena idea que la extorsionaras para conseguir que te cambie de curso, y como extra, conseguir unos pocos pesos para comprar unos pasteles.

Eres un retrasado Farfán, se dice venérea, ya veo porque has repetido el quinto grado dos veces. Deja de pensar idioteces, si tu madre sabe que comes pasteles va a patear tu trasero diabético hasta que los defeques.

La situación en mi cabeza se empezaba a volver caótica, y las insulsas ideas de Farfán no contribuían en nada, por eso es que en un intento desesperado me acerqué sin más opción a dialogar con la profesora jefe de aquel curso.

─Señora María Inés, lamento decirle esto, pero me gustaría dejar su grupo, no me siento cómodo aquí y quería ver la posibilidad de cambiarme a otro de los cursos.

─¿Qué sucede Eduardo?, este es un curso muy bueno

─¿Bueno?, ¿qué tiene de bueno? si es liderado por un demente acéfalo que anhela golpearme y cuyo único recurso para enamorar a una chica es rascarse las gónadas en frente de ella.

─Eduardo no hables así. Cuando me enteré que tu profesora antigua los abandonó, yo inmediatamente pedí que te insertaran en este grupo, sé que eres un muy buen alumno y es por eso que quiero que te quedes aquí, además todos los otros cursos ya están copados, si quieres cambiarte debes primero encontrar a alguien que esté dispuesto a intercambiar contigo y venirse acá.

A pesar de la negativa de la profesora, insistí en mi deseo de huir de allí, para ello pedí a gritos a otros profesores que me cambiaran de aquel horrible curso, pero mis suplicas fueron inútiles y estériles.

Estaba tan desesperado y vulnerable, que muchos de esos niños vieron en mí a una presa fácil para sus reiteradas burlas y bromas. Me sentaba sólo al final del salón, y muchas veces en un solo día era el centro de todo tipo de desatinados y burlescos comentarios que me hacían el blanco ideal de las risas. Lo que más le agradaba a esos niños era ver la facilidad con la que el color rojo subía a mi rostro, sinónimo de la vergüenza que sentía por el solo hecho de saberme el receptor de sus risas. Cada vez me fue costando más poder contestar cuando algún profesor me dirigía la palabra, lo primero en delatarme siempre fue ese maldito rubor en mi cara que dejaba mi rostro más rojo que un tómate maduro. Definitivamente terminé siendo ese idiota de turno que tanto anticipé en mis pensamientos ese año. Semejante actividad día a día me fue denigrando cada vez más, llegaba agotado a casa tras esas largas y absorbentes jornadas escolares, no quería acudir más a la escuela e inventaba toda clase de enfermedades y mentiras para evitarlo. Ese círculo vicioso de ridiculizarme y hacerme sonrojar a diario se transformó en una costumbre para mis compañeros con respecto a mí, y lo que es peor, en una costumbre para mí con respecto a todo. Fue en ese momento de total desesperación cuando por primera vez decidí acercarme a Dios, y para lograr ese nexo con el todopoderoso nadie mejor que mi devota abuela Adela, una experta en el tema. Ella quizás podría darme la ayuda que necesitaba por esos días. Mi abuela siempre decía que sería muy feliz si alguno de sus nietos decidía realizarse como sacerdote, que tomar una opción como esa sería ganarse un trocito de cielo, sin embargo yo siempre preferí ignorar semejantes insinuaciones.

─Abuela, ¿si yo le pido algo a Dios Él me lo dará? ─pregunté a mis recién cumplidos trece años y desesperado por mi situación─

─Exacto mi niño

¿Y si le pido que me sane de la cabeza, o en su defecto que acabe con todos mis compañeros de curso?, ¿crees que lo haga?

─¿Qué sucede nieto?, ¿por qué te expresas así?

─Perdona abuela, es una estupidez.

─Dios siempre le da a quién le pide, pero debes saber como pedirle ─respondió ella alegrada de ver mi interés por el tema─ ¡Toma! ─me dijo ella sacando un pequeño papel del interior de uno de sus almanaques─ Esta oración se llama la “Llaga de Jesucristo”, rézala con mucha fe y nuestro señor te concederá todo lo que desees.

Mi abuela me lo dijo con tanta convicción en sus palabras que no dudé un solo segundo en seguir sus instrucciones. Siete “Ave Marías”, un “Padre Nuestro” además de otra breve oración que ya ni recuerdo.

Esto es pan comido, ─pensé─, pero ¿cómo no se me ocurrió antes? me habría evitado todo un año de malos ratos en ese maldito curso, pero en fin, quizás sea posible pedirle a Dios algún tipo de indemnización que pueda recompensarme por los malos ratos sufridos.

El asunto es que sin más pérdidas de tiempo insustanciales realicé las plegarias acordadas con mi abuela, ni una más ni una menos, no sin antes preparar un altar con todo tipo de iconos religiosos que supuse me darían un plus a la hora de mi petición, pues creí que de esa manera Dios me vería como un feligrés muy serio y devoto, y por lo tanto se compadecería de mí otorgándome mi favor. El tema es que pedí mi deseo como quién lo pide a un genio recién salido de su botella, pero es claro y manifiesto que el “mágico deseo” no me fue concedido, ni siquiera hubo algún tipo de indemnización. Aquella desilusionante experiencia fue motivo suficiente como para no querer darle más credibilidad a Dios de la que a mi parecer podía merecerse, razón de sobra para no querer encajar en un sistema religioso que a mi juicio no me llevaría muy lejos en este mundo, pues consideraba a mi corta edad que la vida de todas aquellas personas que practicaban algún tipo de espiritualidad era tan aburrida y carente de emoción, que si ya mi vida era desastrosa y patética en aquel entonces, si me decidía a agregarle el factor religioso terminaría por volverme aún más desgraciado.

Recién en el año 1994 acuñé en mis registros mentales por primera vez el concepto eritrofobia, que es el pánico descontrolado e irracional a sonrojarse frente a otros, eritrofobia que a fines de aquel año 1990 y que por más que desconociera su raíz etimológica, había crecido a tal magnitud que ya no me sentía tan solo incómodo y susceptible en el colegio, sino también con mis amigos del barrio, en mi casa y adonde quisiera que fuera.

Mi vida empezó a girar en torno a aquel problema que solo residía en mi cabeza. Lentamente comencé a obsesionarme con la idea de que lo mejor sería evitar sonrojarme ante otros a como diera lugar, así quizás el problema no seguiría creciendo ni tomándose el resto de mi círculo social. Pero al parecer aquella no fue una muy buena decisión, ya que mi obsesión por desechar el problema mantuvo mi cabeza ocupada en función de ello las veinticuatro horas del día. Mientras más me empeñaba en ocultarlo más me sucedía y más me complicaba, pensaba todos los días en lo mismo ¿cómo evitar el síntoma del rubor que siempre me delataba ante los demás, y así salir del paso y evadir las risas y el ridículo gratuito al que siempre me exponía?

Mi obsesión por el síntoma creció tanto, que ni siquiera noté que con el tiempo las burlas disminuyeron y que aquellos nuevos compañeros ya habían comenzado a tratarme como a uno más de los suyos. Pero a esa altura ya todo daba lo mismo, pues el daño ya estaba hecho, y por lo tanto mi mente ya tenía un nuevo huésped llamado eritrofobia, el cual solo funcionaba en torno a aquel conflicto que ya había sido desatado. Así fue 1990, y ese era solo el comienzo, aquel año, el peor de mi vida, se despedía, como también se despedían de mí aquellos niños que tuve ese fatal año como compañeros.

A duras penas aprendí a crecer ese año, o quizás nunca crecí, no lo sé, mi comportamiento no fue el indicado, eso es evidente, pero no puedo pedirle a un niño de doce años que vea las cosas con mayor claridad, perspectiva y le dé madurez a los acontecimientos. A lo mejor si lo hubiese enfrentado de otra manera nada de eso hubiese sucedido, ¿quién sabe? como niño que era no supe manejar aquella situación y dejé que la situación me manejara a mí. Afortunadamente fue solo un año y ya dejaría de ver a muchos de esos niños, quizás si tenía un poco de suerte a algunos de ellos para el resto de mi vida. Lo negativo de la historia a parte del horrendo año, es que la vida seguía su curso natural, y ya después de unas merecidas vacaciones tendría que ingresar a la enseñanza media; debería para ese entonces estar preparado, ya que esta vez sí que debía manejarlo de otro modo y no permitir que una fobia que se resistía a desanclarse de mi mente siguiera acabando con mi vida. No estaba dispuesto a vivir otra vez lo mismo, ya que si creía que los niños pueden ser a veces algo crueles, solo debía esperar a ver como podrían llegar a ser los adolescentes en formación. Sea como sea….Bienvenida eritrofobia.

CAMALEÓN

Las vacaciones de 1991 no se parecieron absolutamente en nada a las del año anterior, bueno, no estuvieron tan mal después de todo, ya que en aquel verano tuve la oportunidad de dar mi primer beso, mi primer amor, amor de verano en Lago Lanalhue al sur de Chile. Ese maravilloso suceso se mantuvo inalterable en mi recuerdo por mucho tiempo, acontecimiento que hizo despegar mis pies de la tierra e irme a las nubes por un buen rato, incluso debo reconocer que me sacó un poco de mi realidad obsesiva, pero desgraciadamente no tardaría mucho en volver a mi nefasta y tortuosa realidad.

El período de ocio veraniego se extinguía inevitablemente, y en las radios solo se escuchaban esos insistentes mensajes de venta de uniformes y útiles escolares que me recordaban que un nuevo año académico se acercaba a pasos agigantados. Que poco alentador era oírlos, pues lo único que conseguían casi como efecto inmediato era ocasionarme un dolor de estómago gratuito y posterior carrera al sanitario. En aquel principio de año fue cuando estalló el conflicto en el Golfo Pérsico en aquella operación a la que llamaron “Tormenta del desierto”. Recuerdo que muchos hablaron acerca de aquella disputa como el inicio de la tercera guerra mundial, guerra que quizás el planeta ya no estaba en condiciones de soportar decían los más pesimistas, pero eso a mí poco me importaba, a menos que tuviese influencia en un retraso del inicio de mi año escolar, así es que mientras en esas latitudes otros luchaban por “liberar” o quizás “someter” a un rico país petrolero, yo batallaba contra mis pensamientos para poder emancipar mi propio gobierno; aquel gobierno de mi mente y en una operación a la cual yo llamaría en aquel entonces “Tormenta en mi cabeza”.

Los días siguieron inexorablemente pasando, y casi sin darme cuenta ya faltaba poco más de una semana para ingresar a mi nueva etapa estudiantil, la enseñanza media, aquella a la que muchos denominan como “tus mejores años”.

Nuevamente comencé a ser presa del temor y mi mente desalojaba todo tipo de sucesos anexos para quedar comprometida solo con su única y gran prioridad, hacerme el diario vivir una verdadera tortura. Atrás quedó así mi platónico amor de verano y el sabor de los suaves labios de Scarlet, como también quedó completamente descartado mi utópico deseo de que mi escuela fuese destruida por algún bombardero despistado.

A una semana previa de ingresar a clases, y como no encontraba nada a que aferrarme para sentir seguridad o consuelo, pues mi ignorancia sobre el tema de mi eritrofobia no me daba muchas alternativas alentadoras, decidí poner mi esperanza nuevamente en Dios, bueno, nada se perdía con intentarlo otra vez. Así fue como me tragué todas mis frases herejes en contra del omnipresente, y durante esa semana previa al ingreso a clases di un vuelco espiritual radical a mi vida. Aquellos últimos siete días antes de ingresar a mi primer día de clases en el liceo, me los pasé orando con fervor para poder recibir una milagrosa sanación celestial y terminar así con el conflicto existente en mi cabeza. Todas las mañanas acudía a la iglesia de los Salesianos más cercana a mi casa, allí permanecía casi una hora pidiéndole a todos los santos y maestros iluminados por mi pronta recuperación mental, luego por las noches en casa, me dormía con un inmenso crucifijo presionado a mi pecho. Nunca en mi corta vida había sido tan devoto con tal de recibir un beneficio. Mi instantánea y oportunista fe había aumentado considerablemente, pero en contraparte mi fobia seguía más latente que nunca.

¿Qué podría salir mal? ─me preguntaba reiteradamente─ eres ya un año mayor, enfrentarás un nuevo desafío el cual de seguro asumirás de buena manera ─me decía insistentemente tratando de auto convencerme─

Ese primer día de clases casi ni almorcé de los nervios, tenía un inmenso malestar en el estómago por lo que acudí al baño unas cuatro o cinco veces aquella mañana previa. Me despedí de mi madre, la que me envió con todos sus buenos augurios, pero que desconocía por completo mi pesar. Jamás le demostré a ella ni a nadie de mi familia mi dolor, pues sentí vergüenza que los demás supieran que estaba sufriendo por una tontera tan insignificante, fue por eso mismo que llevé mi tribulación en silencio por muchos años.

Ya cuando comencé a caminar hacia el establecimiento educacional, mi temor y ansiedad disminuyeron un poco, en mi chaqueta guardé algunos amuletos para que me ayudaran a sentir algo más confiado, en el bolsillo derecho un crucifijo de plata, en el izquierdo uno de madera y en el interior un pequeño libro de cánticos cristianos; creo que solo me faltaban los ajos y las estacas para acudir en una auténtica casería de vampiros. Para darle una dosis aún mayor de confianza al suceso que se venía, me fui rezando las casi quince cuadras que separaban a mi casa del liceo, sé que fueron muchas plegarias las que recé en aquella caminata, más que una ida al colegio parecía una verdadera peregrinación.

Un alboroto típico de primer día de clases, muchas caras de nervios y angustia hacían pasar casi por inadvertida la mía. Después de transitar por un sin número de pasillos vi que mi nombre estaba escrito al igual que muchos otros en una hoja improvisadamente pegada en la puerta de una sala. Revisé aquella lista como diez veces en las veinte vueltas que me di antes de entrar en aquella aula, obvio, quería asegurarme que ningún otro niño que hubiese sido compañero mío en aquel maldito curso pudiera arruinar mis planes de volver a empezar de cero. Hasta ese momento todo iba saliendo muy bien, pues tuve la fortuna de quedar en un curso, de un total de trece cursos novatos, en el que absolutamente nadie se conocía, por lo tanto todos estábamos en la misma igualdad de condiciones, y esa era una ventaja que yo debería aprovechar muy bien.

─Hola, soy Roberto ─me dijo un pálido muchacho sentado a mi lado y extendiéndome su mano en señal de saludo─

Soy Eduardo ─respondí por cortesía pero sin dejar de analizar a las potenciales personalidades que se situaban a mi alrededor y que podrían disputarme el trono de popularidad en aquel nuevo curso.

Estoy feliz porque siempre soñé con estudiar acá, mis padres son contadores, y quieren que yo sea contador como ellos también. ¿Qué hay de ti?, ¿te gusta la contabilidad? ─preguntó el insistente muchacho intentando hacer amistad─

No, así que no cuentes conmigo. Mi padre también quiere que yo sea contador, pero no quiero que sus metas terminen siendo mis metas. Solo me vine a este liceo para evitar encontrarme con una sarta de imbéciles que tuve por compañeros el año pasado. Sé que ellos odian este tipo de liceos profesionales y yo también a decir verdad, pero no tuve más opción.

Aquellos primeros días de clases comenzaron para mí, por fortuna, con el pie derecho, pero no por eso con facilidad. Me esforcé tanto que fue un gran desgaste de energías el tener que demostrar lo seductor y hábil que podía ser con mi alicaído desplante y personalidad. Al cabo de una semana mi actuación y esmero habían sido tan convincentes que ya querían elegirme como presidente de curso, y por si eso fuera poco para mi ego y orgullo, cada día que llegaba hasta mi puesto en aquella sala de clases, me encontraba con dos o tres cartas de amor de niñas a las que ya había cautivado con mi particular personalidad.

Mi confianza fue creciendo paulatinamente, pronto comencé a salir con una que otra chica, y lo que era aún más sobresaliente para mis pretensiones, me fui convirtiendo en uno de los más populares del curso. Después de casi dos meses de movimiento estudiantil, había ya logrado revertir la situación casi en su totalidad, mi metamorfosis había sido un éxito, un giro de ciento ochenta grados con respecto del año anterior me permitía ver las cosas con mayor entusiasmo, eso sí, no debía confiarme, por lo que debía seguir empeñándome al máximo por mantenerme camuflado al igual que un camaleón y no demostrar jamás mi lado vulnerable.

El hombre por lo general siempre dirige sus ruegos a Dios cuando lo requiere, así lo hice yo, no lo niego, pero es claro y manifiesto que lo olvida cuando su estómago ya está satisfecho y las circunstancias externas le son placenteras. Es obvio que un hombre sin necesidades especiales no siente la necesidad de pedir, por eso es que lentamente y casi sin darme cuenta fui dejando de lado todas mis plegarias, ya no era necesario acudir a clases aprovisionado de semejante arsenal de iconos cristianos, ya que se estaban transformando en una molestia, ahora ya me sentía más confiado, si agradecía a Dios de vez en cuando por la ayuda, pero el resto podía hacerlo yo solo sin necesidad de Él; no había por lo tanto necesidad de tanto apego y devoción, mi estrategia de crear y actuar un personaje invulnerable y seguro de sí mismo había dado un exitoso resultado.

Así fueron transcurriendo los años en la enseñanza media, y con el paso de éstos mi popularidad se elevó cada vez más, pero en contraparte mis calificaciones bajaron ostensiblemente, pero eso no importaba mucho, pues mi espectacular momento lo compensaba todo. Así me fui volviendo cada día más irresponsable, insensible y orgulloso, me reía ahora con mucha facilidad de aquellos a los que no consideraba tan afortunados como yo de ser popular. La vida tiene muchas vueltas y yo ahora gozaba de la cara dulce de ésta, ya ni siquiera prestaba mucha importancia a quién pudiera estar interesado en conocerme o solicitar mi ayuda o atención, me fui creyendo así mejor que el resto. Los profesores me admiraban por mi facilidad de expresión y carisma, aquella por lo que trabajaba día a día, eso aumentó aún más mi vanidad que se elevaba fácilmente como la espuma. Con el correr de los años mi popularidad ya no estaba supeditada solo a mi curso, sino que también fue expandiéndose al nivel en que ya mucha gente de aquel liceo me conocía.

Por mucho tiempo me sentí un poco más libre de mi eritrofobia y de mi pasado al que ya consideraba enterrado, pasó mucho tiempo en el que no me sonrojé ni en lo más mínimo, sin embargo los pequeños excesos comenzaron a corromper mi otrora sentido común. Dejé muchas veces de ir a clases para irme a divertir y beber alcohol con los compañeros, la imagen de excelente alumno no fue más que un vago recuerdo, a punto de repetir año producto de mis pésimas calificaciones e inasistencias estuve dos años consecutivos.

Inflado con el poco poder adquirido uno se vuelve vano, y una vez que la vanidad lo atrapa, lo que sigue es la confusión y el caos total, y por ende la ruina. El poder parece inundarnos, pero desde el momento en que comenzamos a utilizarlo de manera incorrecta éste se vuelve contra nosotros y convierte así nuestros logros en cenizas. Yo no sería la excepción a este anterior razonamiento que tan bien afirman los sabios.

─¿Qué harás al salir del liceo Eduardo?, ¿harás tu práctica profesional como contador o ingresarás a la universidad? ─preguntaba Roberto un mes antes de finalizar mi ciclo liceano─

─No lo sé aún, quizás me tome un año sabático, tanto estudio puede fundirme el cerebro

─Ja ja, ¿de qué hablas descarado? te has pasado copiándome en todas las pruebas desde primer año, jamás te he visto tomar un cuaderno para estudiar.

─Bueno, tus padres y yo agradecemos que seas un buen contador. Ahora solo debes recordar que en el futuro deberás poner tu firma en mis estados financieros, pues no iré a la cárcel por fraude al estado.

Era ya 1994 y me encontraba cursando el cuarto año de enseñanza media, debía por lo tanto ser mi último año del ciclo estudiantil, faltaban solo unas semanas para su término, mi vida liceana ya casi llegaba a su epilogo y yo más que nunca disfrutaba mis últimos días en aquel lugar, eso sí, sin imaginar que aún me quedaba un gran suceso por vivir.

Existía una asignatura en la que aún faltaba disertar, era una asignatura intrascendente, pero aun así quise preparar una gran exposición, pues eran aquellas las oportunidades que siempre aproveché para demostrar mi capacidad histriónica y gran personalidad, además me servían para poder probar a los demás que no solo era un flojo y locuaz parlanchín, sino que también podía expresar muy bien los contenidos que me correspondían cuando me lo proponía.

Aquella ocasión preparé muy bien el tema a exponer y se podría decir que lo manejaba casi a la perfección, me había instruido muy bien y tenía muy buen apoyo material, así que nada podría salir mal, jamás dejé una disertación a la suerte, y es algo de que lo que puedo jactarme incluso hasta el día de hoy.

Y así fue como llegó el día en que tuve que exponer.

─Muy buenos días ─dije con tono afable─ Profesora, compañeros... ─insistí con mi particular sentido de la educación y los modales─.

Todos mis compañeros pendientes, esperando quizás cualquier travesura de mi parte, pero aquella ocasión sería diferente, solo me limitaría a exponer mi disertación con mucha corrección y concentración. Confieso en haber poseído en esos tiempos una gran destreza para mantener entretenidos y expectantes a todos mis oyentes sea cual fuere el tema al que me refería, siempre lo lograba, mal que mal me gastaba horas de energía preparando aquellos y en general todo tipo de exposiciones en público.

Todo iba de lo más bien y ya estaba casi por terminar mi exposición, y lo que era mejor, lo había hecho de manera perfecta por ya casi quince minutos, pero algo sucedió esa mañana que escapó a mi control y rompió en solo segundos todas mis estructuras construidas en esos cuatros años. Levemente me atoré con saliva mientras le hablaba al alumnado, increíble, mi propia saliva se convirtió en mi peor aliada en ese momento, el insignificante percance no pasó inadvertido para mí ni para nadie en la sala, y antes de que lograra reponerme del todo, me percaté de que aquel ligero contratiempo había sido suficiente para desatar una espontánea carcajada en no más de dos o tres compañeros. No le di mucha importancia, ya que la verdad es que con mi facilidad histriónica y versatilidad había aprendido muchas artimañas para ocasiones como aquellas en las que debía rápidamente salir del paso. En más de alguna ocasión durante aquellos cuatro años de liceo me había ocurrido algo similar, y ya había aprendido a no complicarme más de lo debido, pero aquel entonces no sería igual, porque cuando intenté volver a hablar mi garganta aún seguía saturada con un poco de saliva que insistía en trastornar y complicar mí exposición. Volví a intentar hablar pero mi voz sonó extrañamente divertida, como si hubiese inhalado helio. Debo reconocer que de haber estado invertido los papeles yo hubiera gritado de la risa al ver que a otro le sucedía lo mismo, pero en ese caso no era otro, si no yo. Las risas se multiplicaron y ya no eran solo tres o cuatro, sino veinte o treinta las que se sumaban a las interminables carcajadas, incluso alcancé a ver de reojo que ni siquiera la profesora pudo disimular su hilaridad. Y así fue como después de mucho tiempo volví a sentir el rubor en mi cara, lo cual hizo aumentar la euforia de mis espectadores, mis tácticas desaparecieron todas en aquel momento, en aquellos fatales segundos olvidé mi carisma y seducción, me encontraba atrapado en mis propias redes y sin poder salir, fue como volver cuatro años atrás y volver a ver a esos niños que tanto gozaban con mi conflicto social al verme ruborizar, la sensación fue exactamente la misma, mi mente se nubló totalmente y ahora solo me repetía en sucesivos pensamientos “tu peor pesadilla siempre estuvo aquí”, y así era, jamás me había desecho de ella, que pequeño e insignificante me sentí, volví a considerarme como ese cobarde y vulnerable niño al que era tan fácil complicar y ridiculizar.

─¡Se puso rojo! ─Exclamó alguien al final de la sala─

Probablemente la frase que más odiamos en la vida los eritrofóbicos es oír que alguien exponga a viva voz que te has sonrojado, podría afirmar que casi llegas a odiar a esa persona durante los segundos que dura ese maldito momento de estrés en que te ruborizas. Aquel día no fue más de un minuto el que duró el suceso, sesenta segundos que me sacaron de mi burbuja y pusieron con los pies en la tierra otra vez, sesenta segundos que me parecieron una eternidad.

─Ya basta, dejen a su compañero poder reponerse para que pueda terminar su disertación ─dijo la profesora intentando parecer seria e imponer compostura con su voz potente y agresiva─

Atiné rápidamente a salir de aquel estado de perturbación catatónico en que me había quedado, y con un leve ademán hice señas a la profesora pidiéndole un minuto para salir del lugar antes de proseguir. Salí velozmente de la sala y me dirigí aceleradamente hacia los baños que se encontraban a unos 50 metros de allí, intenté bajar un poco las revoluciones, ya que después de todo, afuera de aquella sala se seguía viviendo aquella historia a la cual yo ya estaba acostumbrado. Pretendí parecer normal pero mi corazón impactado aún seguía latiendo apresuradamente, mis manos aún temblaban y mi vista perdida intentaba encontrar algún punto fijo que pudiera tranquilizar la emoción vivida hacía tan pocos segundos atrás.

Ya estando en el baño bebí un poco de agua, lavé mis manos y luego humedecí mi cara como quien intenta despertarse de un mal sueño. El mundo seguía girando a su velocidad de siempre, pero para mí se había detenido bruscamente esa mañana. Fueron dos o tres minutos los que perdí en el baño cuestionándome todo tipo de cosas que a esa altura no tenían lógica alguna. Sentí deseos de llorar, e inevitablemente vino a mi cabeza la imagen de Dios a quién en silencio pero con mucho enfado reproché por haberme puesto nuevamente en esa situación. Debí asumir lo inevitable en aquellos instantes, nada había sido tan verdadero, solo viví en una tonta ilusión durante esos cuatro años y aquello a lo que había reprimido con tanta fuerza había estallado como un volcán en el momento menos indicado.

Al reintegrarme a la sala y a mi deber de cerrar el capítulo de mi exposición, no tuve mayores problemas en volver a ser ese actor y fanfarrón que había sido durante ya tanto tiempo, nadie notó mi dolor y frustración, incluso hice mofa de lo recién acaecido, dando a entender que solo había sido un pequeño traspié que en nada empañaría mi discurso e imagen. Para finalizar diré que obtuve a pesar de todo la mejor nota en exposición y la segunda mejor en informe. No era de sorprender que siempre obtuviera buenas calificaciones en esa área, ya todos conocían mi habilidad frente a esas circunstancias, pero lo que nadie sabía era mi verdadera realidad, mi fobia a sonrojarme y a hacer el ridículo, aquella que quedó manifestada en esa disertación frente a mis compañeros, esa verdadera realidad que con tanto ímpetu intenté esconder ahora me pasaba la cuenta de tantos años de equivocación.

Después de aquella mañana nada fue igual, aunque siguió siendo lo mismo para los demás, absolutamente nada volvió a ser lo mismo para mí. Me convencí de que si se trataba de interpretar un papel yo era el mejor, no en vano nadie jamás había notado mi fobia.

Ya solo faltaba un mes para graduarme, y quería tener un buen recuerdo de esos años que permanecerían para siempre en mi mente, así que por lo tanto después de esa nefasta mañana me empeñé aún más, el doble y el triple para no volver a pasar por algún inconveniente que me expusiera a una nueva situación de conflicto como aquella. La tormenta psicológica y el gasto mental de esos últimos días fueron increíbles, estaba tan determinado a no volver a verme endeble ante los demás que fui capaz de pasar horas perfeccionando mis tácticas de autodefensa. Lo más probable es que el hecho ocurrido durante aquella disertación ya hubiese sido olvidado por muchos, pero aún permanecía latente en mi cabeza, y eso ya era más que suficiente para incrementar mi obsesión. No podía volver a demostrar mi debilidad, pues ésta me hacía vulnerable, tonto, ridículo y por sobretodo débil y menos que los demás, y no dejaría que un tonto rubor me arruinara la vida otra vez.

Así fue como llegó el día de mi licenciatura en Diciembre de 1994, aquel último día fue un verdadero alivio, ya había logrado mi objetivo inmediato de pasar por inadvertido mi síntoma y mi fobia. Abrazos y lágrimas de mis compañeros el día de la graduación, para mí un extraño placer de saberme ganador por el objetivo cumplido, aun así existía el contraste de mi ya incipiente nueva preocupación, ¿Y ahora qué haré con mi vida?

Era obvio que no debía proceder de la misma forma, quizás debería dejar mi altanería y egocentrismo de lado y trabajar mi vida para ser quien siempre debí ser, yo mismo, en naturalidad y espontaneidad, de seguro con más defectos que virtudes, pero asumiéndolos como parte de mi esencia. Era hora de crecer, enfrentarse al mundo en una nueva etapa; dejar de ser adolescente y transformarse en un adulto, lograr mi felicidad plasmada en mi tranquilidad mental, y yo debería luchar por ello intentando actuar de la manera más correcta, sabia y criteriosa, eso si es que mi miedo y mi tonta vanidad me lo permitían.

MI MUNDO DE PÁNICO

Una vez terminado mi periodo académico en el liceo y con el inexorable transcurrir de los meses, fui perdiendo paulatinamente el contacto con mis compañeros, pero aun así me enteraba que la mayoría de ellos habían comenzado a realizar sus prácticas profesionales, otros estaban en espera de algún trabajo y unos pocos habían optado por una mejor alternativa educativa ingresando a la universidad, en cambio yo, me encargué de disfrutar de unas buenas vacaciones veraniegas para más tarde analizar mi situación.

Debo reconocer que siempre me tomé las cosas a la ligera, nunca pensé mucho en la gravedad de éstas, ni le di mucha importancia a cosas específicas, bueno, a excepción de aquello que atormentaba a diario mis pensamientos, mi eritrofobia. Supongo que debo agradecer que jamás mis padres fueran tan exigentes y poco tolerantes conmigo, hasta el día de hoy no sé bien si eso fue un acierto o un desatino, quizás un poco de ambas en sus respectivos momentos, todo depende de la perspectiva con que se mire.

Así me la pasé todo el año 1995, “analizando”, sin hacer nada productivo para mí ni para mi entorno. Los días comenzaron a pasar y todos a mi alrededor emprendían cosas, éxitos o fracasos, pero no importaba ya que todos seguían el ritmo del universo, yo solo realicé un simplón curso de computación que justificó en parte mi displicencia y temor a tomar nuevos desafíos. Así me mantuve en período estacionario y fue así como mi miedo comenzó a crecer a pasos agigantados. Al no estar en contacto con gente ni tener roce social, mi fama y virtud de buen orador fueron extinguiéndose, así como también mi antigua convicción de semejante cualidad. Nuevamente fui encontrándome en el otro polo, el de la inseguridad y desconfianza de mí mismo, lenta y tormentosamente fui encerrándome en mi pequeño e ilusorio mundo de miedo. Mis años de liceo me terminaron por pasar la factura, me sentía agotadísimo de actuar ese papel de fanfarrón que tanto amaba y odiaba a la vez, ya no quería seguir actuando ese rol ni mintiendo más, después de todo sería risible el pensar que podría auto engañarme.

Con gran calidad, pero no por eso con menos dificultad pude durante cuatros años engañar al mundo y esconder mi talón de Aquiles, “Mi miedo a sonrojarme frente a otros”. Tuve en mis manos la receta para hacerlo, pero como dicen por ahí, la medicina terminó siendo peor que la enfermedad.

Mi mundo de temor pasó lentamente a ser mi mundo de pánico, y éste me absorbió con mucha rapidez y con mucha más fuerza que cuando era niño, eso básicamente porque en mis años de crecimiento fui comprendiendo la influencia y gravitación de la sociedad en la vida de un ser humano, todo ese mundo que dimensionaba ahora en su total magnitud era mi potencial enemigo ahora, era sin duda una lucha que de antemano daba por perdida, por cuanto simplemente opté por evadirle. Cada día salí menos de mi casa y luego de mi habitación, los integrantes de mi familia notaron algo extraño en mi comportamiento y la gente se preguntaba ¿qué pasaba conmigo? a lo cual yo solo respondía que era una especie de año sabático que me estaba tomando para poder dilucidar bien cuál sería la elección que realizaría para mi futuro. En pocas palabras volvía a ser el mismo temeroso y deleznable niño de siempre. Por más que tuve todas las mejores intenciones de salir adelante y de actuar bien creo que ya era demasiado tarde, mi suerte ya estaba echada y a nadie más que a mí le importaba, porque nadie más que yo lo sabía.

─¿Por qué no estás listo aún? Vas a retrasarnos para llegar a tiempo al matrimonio de tu primo ─preguntaba mi madre al verme aun durmiendo─

Excúsenme con él, creo que algo que comí me ha caído mal y no podré ir a su boda, tengo un dolor de estómago horrible.

─¿Pero como sales con eso ahora?

─Lo siento madre, me encantaría ir, díganle que cuando cumpla sus bodas de oro iré sin falta

Tú estás muy raro, ¿no estarás mintiendo? Últimamente pasas enfermo cada vez que hay alguna reunión social. Estás tomando la misma actitud apática y rebelde de los jóvenes de tu edad. Será mejor que te levantes y te apures sino quieres que de un puntapié te saque de la cama

Sin más remedio debí acudir a aquel evento al que se nos había invitado como familia hace más de dos meses atrás. Allí se encontraban todos los parientes a los que solo veía cuando alguien moría o cuando alguien se casaba.

─¿Cómo estás Eduardo? ─preguntó Ítalo, el cornudo esposo de mi tía Isabel, el que siempre que me veía aprovechaba para presumirme de su hijo─ ¿Sabías que tu primo no pudo venir hoy pues se ganó una beca para estudiar en la universidad de Chile por haber sido elegido el mejor estudiante de su promoción? …De tal palo tal astilla ─terminó por decir el desatinado hombre al mismo tiempo que de una sola mascada se comía casi medio kilo de res─

─No, no tenía idea ─respondí con indolencia─ lo último que supe de él es que su novia le ponía los cuernos por estudiar tanto, tiene razón tío, de tal palo tal astilla.

Una vez ya sentados todos los comensales en una larga mesa ubicada en el enorme patio de la casa de los novios, el imbécil de tío Ítalo presa del rencor por mi comentario, aprovechó para devolverme la pesadez y de paso hacerme avergonzar dejándome en total evidencia.

─Quiero brindar por los novios y por su eterna felicidad, quiero además excusar a mi hijo que con motivo de sus estudios en Santiago no puede estar aquí el día de hoy, pero confío en que su disciplina lo llevará a ser el primer médico en la familia. Él les envía sus saludos a todos y dice también que le está guardando los cuadernos a su primo Eduardo por si éste decide algún día estudiar

Bueno, está claro que a los familiares uno no los elige, y en este caso el torpe comentario de Ítalo provocó que todas las miradas se clavaran en mí y hasta una que otra risotada cómplice del desubicado brindis.

─No molesten a mi sobrino, no ven que se pone coloradito ja ja ─dijo la tía chita, solterona amante de los cigarros de cannabis y los vinilos de Bob Dylan─

─Vieja de mierda ─pensé─ en vez de ayudarme me hundes más con tu obvio comentario.

─No les haga caso sobrino ─dijo el tío Jaime, el menor de mis tíos─ usted ya sabe que en toda familia hay un pariente maricón y una tía puta. ─dijo susurrándome al oído con evidente halito a vino─

Así fue como empecé a evitar todo lo que pudiese causarme hasta el menor conflicto, dejé así lentamente de frecuentar a los amigos y hasta de recibir visitas y llamadas telefónicas, traté así de evitar todo tipo de contacto con la gente, cosas tan triviales como hacer una fila en un supermercado o que alguien me hablara en público se fueron transformando cada vez en más complicadas labores, ir a lugares en que no pudiera esconderme o en el que hubiese mucha gente se transformaron en los más odiados por mí. A pesar de todo esto intentaba siempre demostrarles a los demás que yo estaba bien, me aterrorizaba el hecho de que alguien pudiera enterarse que estaba sintiendo pánico de enfrentar algo tan simple y cotidiano, y que estaba teniendo un miedo incontrolable a que las personas pudieran ver mi cara llena de rubor ante la situación más intrascendente, mi temor consumía de esa manera mi vida el día entero.

Ese año de 1995 fue de transición, es decir, tuve todo el tiempo del mundo para pensar, y como de cien pensamientos cien eran negativos, solo me ayudé a ahondar más en mi conflicto. Odiaba ponerme gratuitamente en ridículo, y sobretodo exponer mi sintomatología, pero todo me hacía vulnerable y susceptible a esa fobia, cada vez me fui sintiendo más torpe, patético y débil ante los demás, logrando como resultado una frustración y tristeza obvias. Solo en un momento de lucidez mental y después de haber estado llorando por horas tirado en mi cama, un pensamiento más o menos acertado llegó a mi cabeza.

¡Debo hacer algo! ─me decía mentalmente─ Días enteros me pasaba sintiendo pena por mí, viendo como todos progresaban y yo seguía estancado producto de mi fobia y sin poder detener la caída libre al abismo al que iba. ¡No debo comportarme como un cobarde! ─volvía a reiterarme─

No tenía mucho que perder y sí mucho que ganar, recuperar mi vida y todo el tiempo perdido, retomar cualquier actividad y ponerme al día, era fabuloso pensarlo, pero ¿cómo daría ese primer paso?, ¿qué hago?, ¿dónde busco? Era claro que no debía intentarlo solo, los hechos lo avalaban y los resultados eran funestos, no debía cometer nuevamente el mismo error, era hora de acudir donde alguien que me indicara el camino a seguir. Comencé así a armarme lentamente de valor ya que si yo no lo hacía, nadie más lo haría por mí, con mucha dificultad comencé a emprender un nuevo desafío, la búsqueda por recuperar mi vida y encontrar mi sanación definitiva.

1995 ya se despedía, también así un muy mal año, casi tan malo como el de 1990, año en el que todo comenzó. El problema ya se había desatado, como una represa que colapsa y termina por derrumbarse y arrasar con sus aguas todo lo que encuentra a su paso, así sucedió con mi vida, por lo tanto mi deber era reconstruirla.

Fue así como empecé mi largo camino en búsqueda de mi anhelada sanación mental, sería una extensa odisea, pero yo lo desconocía en aquel momento, sería un periplo que me llevaría a conocer lugares, gente y experiencias que son las que me motivaron a escribir este libro, camino pedregoso, solitario y silencioso de 19 años que tuve que recorrer para alcanzar mi sanación

En cuanto cambié mi postura frente a las cosas comencé a notar que había estado demasiado cegado por el problema, ya que éste no me había permitido notar la innumerable cantidad de opciones que tenía a mi alcance para hallar mi sanación, eran tantas que me di hasta el lujo de discriminar unas de otras, obviamente mi carestía de dinero disponible me hizo optar por las supuestas opciones más económicas. Era tan simple como tomar un periódico, ver las páginas amarillas, escuchar la radio o ver algún aviso en la televisión. Las alternativas de solución de panaceas que mejoraban tu vida estaban a la vista en todas partes y eran ofrecidas por un sin número de individuos y entidades que no tenían reparo alguno en sus ineludibles y vistosas publicidades, fue precisamente con una de éstas llamativas propagandas con las que yo enganché.

Corría ya la primera quincena de Enero de 1996, el calor en Talca en aquella fecha es francamente insoportable, tanto así que no es de sorprenderle a nadie que a eso de las tres de la tarde la gran mayoría de las personas se encuentren desesperadas en sus trabajos o casas por poder hallar el lugar más fresco de éstas, repartidas a veces por el suelo o tiradas en algún sillón intentando conciliar el sueño que les permita aunque sea por algunos minutos desentenderse del irritable clima. Así me encontraba yo, extendido a lo largo de la alfombra del living de mi casa, muy ligero de ropa y casi atontado por lo seco y tibio de la atmósfera, cuando en eso de pronto escuché en la radio la que sería luego mi primera alternativa de sanación; la voz del locutor de aquella emisora elogiaba con mucha exageración las virtudes de una mujer llamada Ximena, fue eso mismo lo que me hizo salir enérgicamente de mi letargo y ponerme de pie para estar en solo fracción de segundos junto al parlante del receptor ubicado en la cocina.

¿Problemas en su vida?, ¿sufre y no sabe por qué?, ¿está cansado de luchar y no poder salir adelante? ─decía insistentemente el locuaz animador como si supiera que era justo aquello lo que me estaba sucediendo─

La de aquel locutor fue sin vacilación una imperdible e inevitable invitación para acudir donde: “Señora Ximena, la mujer que le ayudará a encontrar su felicidad”. Me olvidé así del calor y salté de entusiasmo durante toda aquella tarde, mi estado de ánimo cambió radicalmente, ya que de antemano me sabía ganador y completamente curado de mi padecimiento psicológico pues ¿Quién mejor que Señora Ximena, la mujer que encarnó en este mundo con el único objetivo de dar solución a los problemas de los menos afortunados, para devolverme mi vida?

Una linda casa en el centro de la ciudad era la primera grata impresión que me llevaba de la consulta de la mujer esa misma tarde en que escuché el aviso por la radio, hasta el momento ese primer juicio me estaba dejando tranquilo y con la confianza creciendo como espuma.

─De seguro esta mujer ya debe haber ayudado a muchas personas, y lo efectivo de sus métodos han dejado buenas utilidades que le han permitido vivir en un lugar tan lindo como éste y en pleno centro de la ciudad ─pensé─.

Toda clase de conjeturas positivas merodeaban por los callejones de mi mente al mismo tiempo en que tímidamente ingresaba a la céntrica casa. Una vez adentro fui notando un entorno bastante místico, con un aroma a incienso muy leve y agradable al olfato, era un pequeño cuarto adornado completamente de iconos cristianos apostados en todas partes, Jesús, la Virgen María, San Martín, Padre Pío y otros más a los que no reconocí, automáticamente se dibujó en mi cabeza la idea de que estaba en el lugar indicado, ya que una persona con un entorno tan espiritual como el que acababa de presenciar no podría tener malas intenciones. Realizando todos aquellos juicios me hallaba cuando de repente apareció ella, impactada con grandes y saltones ojos al ver que un intruso se encontraba en su templo de sanación.


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